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lunes, 12 de noviembre de 2007

TABAQUERÍA. FERNANDO PESSOA

Fernando Pessoa. Nació en Lisboa el 13 de Junio de 1888 y murió en esa misma ciudad el 30 de noviembre de 1935.
Según el mismo dice, estas son las únicas dos fechas de su biografía.
Tabaquería es un poema precioso y que nace de ese sentimiento de irrealidad, metafísico, que todos tenemos con mayor o menor conciencia cuando, como él escribe, estamos indispuestos.


Tabaquería
No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

Ventanas de mi cuarto,
de mi cuarto de uno de los millones del mundo que nadie sabe quién es
(y si supiesen quién es, ¿qué sabrían?),
dais al misterio de una calle constantemente cruzada por la gente,
a una calle inaccesible a todos los pensamientos,
real, imposiblemente real, cierta, desconocídamente cierta,
con el misterio de las cosas bajo las piedras y los seres,
con la muerte que mancha de humedad las paredes y pone blancos los cabellos de los hombres,
con el Destino conduciendo el carro de todo por la carretera de nada.


Hoy estoy vencido, como si supiera la verdad.
Hoy estoy lúcido, como si estuviese a punto de morirme
y no tuviese otra fraternidad con las cosas
que una despedida, volviéndose esta casa y este lado de la calle la hilera de vagones de un tren, y el silbido de una partida dentro de mi cabeza, y una sacudida de mis nervios
y un chirriar de huesos al arrancar.
Hoy me siento perplejo, como quien ha pensado y opinado y olvidado.
Hoy estoy dividido entre la lealtad que le debo a la tabaquería del otro lado de la calle, como cosa real por fuera, y a la sensación de que todo es sueño, como cosa real
por dentro.


He fracasado en todo.
Como no me hice ningún propósito, quizá todo no fuese nada.
El aprendizaje que me impartieron.
Descendí por la ventana trasera de la casa.
Me fui al campo con grandes proyectos.
Pero sólo encontré allí hierbas y árboles, y cuando había gente era igual que la otra.
Me aparto de la ventana, me siento en una silla.
¿En qué voy a pensar?
¿Qué sé yo del que seré, yo que no sé lo que soy?
¿Ser lo que pienso? Pero ¡pienso ser tantas cosas!
¡Y hay tantos que piensan ser lo mismo que no puede
haber tantos! ¿Un genio? En este momento
cien mil cerebros se juzgan en sueños genios como yo,
y la historia no distinguirá, ¿quién sabe?, ni a uno,
ni habrá sino un muladar de tantas conquistas futuras.
No, no creo en mí.
¡En todos los manicomios hay locos perdidos con tantas
convicciones!
Yo, que no tengo ninguna convicción, ¿soy más
convincente o menos convincente?


No, ni en mí...
¿En cuántas buhardillas y no buhardillas del mundo
no hay en estos momentos genios (para sí mismos) soñando?
¿Cuántas aspiraciones altas y nobles y lúcidas.
Si, verdaderamente altas y nobles y lúcidas,
y quién sabe si realizables, no verán nunca la luz del sol verdadero
ni encontrarán quien les preste oídos?
El mundo es para quien nace para conquistarlo,
y no para quien sueña que puede conquistarlo aunque tenga razón.
He soñado más que Napoleón.
He abrazado contra el pecho hipotético más
humanidades que Cristo.
He pensado en secreto filosofías que ningún Kant
ha escrito.
Pero soy, y tal vez seré siempre, el de la buhardilla,
aunque no viva en ella;
seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre solo el que tenía cualidades;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta
al pie de una pared sin puerta, y cantó la canción del Infinito en un gallinero, y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
Que me derrame la Naturaleza sobre la cabeza ardiente
su sol, su lluvia, el viento que tropieza en mi cabello,
y lo demás que venga si viene, o tiene que venir, o que no venga.
Esclavos cardíacos de las estrellas, conquistamos el mundo entero antes de levantarnos de la cama; pero nos despertamos y es opaco, nos levantamos y es ajeno, salimos de casa y es la tierra entera, y el Sistema Solar y la Vía Láctea y lo Indefinido.


(¡Come chocolates, pequeña,
come chocolates!
Mira que no hay más metafísica en el mundo que los
chocolates, mira que todas las religiones no
enseñan más que la confitería.
¡Come, pequeña sucia, come!
¡Ojalá comiese yo chocolates con la misma verdad
con que los comes!
Pero yo pienso y al quitarles la platilla, que es de papel
de estaño, lo tiro todo al suelo, lo mismo que he tirado la vida.)


Pero queda al menos de la amargura de lo que nunca seré
la caligrafía rápida de estos versos, pórtico partido hacia lo Imposible.
Pero por lo menos dedico a mí mismo un
desprecio sin lágrimas, noble, al menos, en el gesto amplio con que tiro la ropa sucia que soy, sin motivo para el transcurrir de las cosas.
Y me quedo en casa sin camisa.


(Tú, que consuelas, que no existes y por eso consuelas,
o diosa griega, concebida como estatua que
estuviese viva,
o patricia romana, imposiblemente noble y nefasta,
o princesa de trovadores, gentilísima y colorida,
o marquesa del siglo dieciocho, descotada y distante,
o meretriz célebre del tiempo de nuestros padres,
o no sé qué moderno -no imagino bien qué-.
Todo esto, sea lo que fuera, lo que sea, si puede inspirar ¡que inspire!
Mi corazón es un balde vaciado.
Como invocan espíritus los que invocan espíritus, me invoco.
Me invoco a mí mismo y no encuentro nada.
Me acerco a la ventana y veo la calle con absoluta claridad,
veo las tiendas, veo las aceras, veo los coches que pasan,
veo a los entes vivos vestidos que se cruzan,
veo a los perros que también existen,
y todo esto me pesa como una condena al destierro,
y todo esto es extranjero, como todo.)


He vivido, estudiado, amado, y hasta creído,
y hoy no hay un mendigo al que no envidie sólo por no
ser yo.
Miro los andrajos de cada uno y las llagas y la mentira, y pienso:
tal vez nunca hayas vivido ni estudiado ni amado ni creído
(porque es posible crear la realidad de todo eso sin
hacer nada de eso);
tal vez hayas existido apenas, como un lagarto al
que cortan la cola y que es esa cola más acá del lagarto que se retuerce.
Hice de mi lo que no supe y lo que pude hacer de mí no hice.
Vestí un dominó equivocado.
Me tomaron enseguida por quien no era, y no lo desmentí, y me perdí.
Cuando quise quitarme la mascara, la tenía pegada a la cara.
Cuando me la quité y me miré en el espejo, ya había envejecido.
Estaba borracho, y no sabía llevar el dominó que no me
había quitado.
Tiré la mascara y me dormí en el vestuario
como un perro tolerado por la gerencia
por ser inofensivo
y voy a escribir esta historia para demostrar que soy
sublime.


Esencia musical de mis versos inútiles,
Quien pudiera encontrarte como algo que hice
y no me quedase siempre enfrente de la tabaquería de enfrente,
pisoteando la conciencia de estar existiendo
como una alfombra en la que tropieza un borracho
o la esterilla que los gitanos roban y no vale nada.


Pero el dueño de la tabaquería se asomó a la
puerta y se quedó en ella.
Lo miro con la incomodidad de la cabeza torcida,
y con la incomodidad de un alma que malentiende.
Morirá él y moriré yo.
Él dejará el letrero y yo dejaré versos.
Y un día morirá el letrero y también mis versos.
Después morirá la calle donde estuvo el letrero,
y la lengua en que fueron escritos los versos.
Morirá después el planeta girador en que sucedió todo esto.
En otros satélites de otros sistemas cualquier cosa como gente continuará haciendo cosas como versos y
viviendo debajo de cosas semejantes a letreros,
siempre una cosa enfrente de la otra,
siempre una cosa tan inútil como la otra,
siempre lo imposible tan estúpido como lo real,
siempre el misterio del fondo tan verdadero como el
sueño del misterio de la superficie,
siempre esto o siempre otra cosa o ni una cosa ni la otra.


Pero un hombre ha entrado en la tabaquería (¿para
comprar tabaco?),
y la realidad plausible cae de repente encima de mí.
Me incorporo a medias con energía, convencido, humano,
y voy a tratar de escribir estos versos en los que digo
lo contrario. Enciendo un cigarrillo al pensar en escribirlos
y saboreo en el cigarrillo la liberación de todos los pensamientos.
Sigo al humo como a una ruta propia,
y disfruto, en un momento sensitivo y competente,
la liberación de todas las especulaciones
y la conciencia de que la metafísica es la consecuencia
de una indisposción.
Después me echo para atrás en la silla
y continúo fumando.
Mientras me lo conceda el destino seguiré fumando.
(Si me casase con la hija de mi lavandera
a lo mejor sería feliz.)
Visto lo cual, me levanto de la silla. Me voy a la ventana.


El hombre ha salido de la tabaquería (¿metiéndose el
cambio en el bolsillo de los pantalones?).
Ah, le conozco: es el Esteves sin metafísica.
(el dueño de la tabaquería ha llegado a la puerta.)
Como por una inspiración divina, Esteves se ha vuelto y
me ha visto.
Me ha dicho adiós con la mano, le he gritado ¡Adiós,
Esteves!, y el Universo se me reconstruye sin ideales ni esperanza,
y el dueño de la tabaquería ha sonreído.

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