Estudios recientes han demostrado que aquellas personas por las cuales se reza se recuperan antes o consiguen salir de una situación difícil con mayor facilidad que aquellas por las que no se reza. Desde este humilde blog queremos aportar nuestro granito de arena y unir nuestra oración a la de todos aquellos que lo pidan. Podeis enviar vuestras peticiones a mtgaliana@hotmail.com. Gracias. Maite Galiana

miércoles, 16 de julio de 2008

Narcóticos Anónimos

Esta es la experiencia de un adicto narrada en el “Librito blanco de Narcóticos Anónimos”
Yo era diferente
Es posible que mi historia sea diferente de otras que se hayan oído, porque nunca he estado en la cárcel ni en el hospital. Sin embargo, llegué al mismo punto de profunda desesperación al que tantos de nosotros llegamos. No es mi historial el que da cuenta de mi adicción, sino mis sentimientos y mi vida. La adicción era mi forma de vida, la única forma de vida que tuve durante muchos años.
Al mirar atrás, veo que de pequeño debí de echar un vistazo a la vida y decidí que no iba a participar en ella. Vengo de una familia tradicional, de la clase media alta, de un hogar roto. No recuerdo ningún momento en el que no haya estado «volado». De niño descubrí que podía calmar el dolor con la comida, y
ahí empezó mi adicción a las drogas. Participé de la locura de las pastillas de los años 50. Ya entonces me resultaba difícil tomar los medicamentos según las indicaciones de las recetas. Pensaba que dos pastillas me harían el doble de bien que una sola. Recuerdo que acaparaba pastillas quitándoselas a mi madre y me lo pasaba muy mal para que me duraran hasta la siguiente receta.
Seguí consumiendo de esta forma durante los primeros años. Cuando llegué a la escuela secundaria, y empezó la locura colectiva de las drogas, la transición entre las drogas de farmacia y las de la calle fue de lo más natural. Ya hacía diez años que consumía drogas diariamente y de hecho habían dejado de hacerme efecto. Estaba plagado de esos sentimientos adolescentes de inferioridad e inadaptación. Lo único que sabía era que si tomaba algo me sentía y actuaba mejor.
Mi historia con las drogas de la calle es bastante corriente. Tomaba todos los días, cualquier cosa y todo lo que encontraba. No me importaba qué era, con tal de que me hiciera efecto. En aquella época las drogas me parecían algo bueno. Era un paladín, un espectador; estaba solo y asustado. A veces me sentía
todopoderoso y otras rezaba para tener el consuelo de la idiotez; ojalá no tuviera que pensar. Recuerdo que me sentía diferente, como si no fuera humano, y no podía soportarlo. Así que seguía en mi estado normal...DROGADO.
En 1966, creo, empecé a consumir heroína. Después de esto me pasó lo que a muchos, las demás drogas dejaron de interesarme. Al principio tomaba de vez en cuando, después, los fines de semana; pero un año más tarde estaba «enganchado», y al cabo de dos años dejé la universidad y empecé a traficar.
Consumía y vendía, y pasó un año y medio hasta que «me harté de estar harto». Estaba totalmente «enganchado» y era incapaz de funcionar como ser humano. Durante mi último año de consumo, empecé a buscar ayuda. Pero nada me daba resultado. ¡Nada me servía! En un momento dado conseguí el teléfono de un miembro de NA. A pesar de mí mismo y sin ninguna esperanza hice la llamada telefónica que podría considerar como la más importante de mi vida.
Nadie vino a salvarme; no me curaron instantáneamente. La persona me dijo simplemente que si tenía problemas con las drogas, las reuniones quizás me resultarían útiles. Me dio la dirección de una reunión aquella noche. Estaba muy lejos como para conducir hasta allí, y, además, estaba con síndrome de
abstinencia. Me dio también la dirección de otra reunión más cerca de casa para un par de días más tarde. Le prometí que iría a echar un vistazo. Cuando llegó el día, estaba muerto de miedo de que me detuvieran y de los drogadictos que iba a encontrar en el lugar. Sabía que yo no era el adicto típico que sale en los libros y los periódicos. Pero a pesar del miedo, fui a mi primera reunión. Me puse un traje negro con chaleco y corbata negra; hacía ochenta y cuatro horas que no consumía nada, después de dos años sin parar. No quería que los demás supieran qué ni quién era yo. Creo que no engañé a nadie. Estaba pidiendo ayuda a gritos y todo el mundo se dio cuenta. La verdad es que no me acuerdo mucho de aquella reunión, pero debí de oír algo que me hizo volver. La primera sensación que tuve con el programa, y que sí recuerdo, fue el miedo terrible de que no reuniera las condiciones y no me aceptaran por no haber estado en la
cárcel ni en el hospital. Durante mis primeras dos semanas en el programa consumí dos veces, y, por fin, me rendí. Ya no me importaba si reunía o no las condiciones, si me aceptaban o no, ni lo que los demás pensaran de mí. Estaba demasiado cansado para preocuparme. No recuerdo exactamente cuándo, pero poco después de rendirme, empecé a tener cierta esperanza y a pensar que este programa a lo mejor me funcionaba. Comencé a imitar algunas cosas que hacían los «ganadores». NA me atrapó. Me sentía bien; era fantástico estar limpio por primera vez después de tantos años.
Al cabo de seis meses la novedad de estar limpio se acabó y caí de la nube rosa en la que había estado flotando. Fue duro. De una manera u otra conseguí sobrevivir a esa primera dosis de realidad. Creo que por aquel entonces lo único que tenía a mi favor era el deseo de seguir limpio —pasara lo que pasara—, la
fe en que las cosas saldrían bien siempre y cuando no consumiera, y las personas que estaban dispuestas a ayudarme si yo lo pedía. Desde entonces ha sido una batalla difícil; he tenido que trabajar para mantenerme limpio. Me hizo falta ir a muchas reuniones, trabajar con los recién llegados, participar en
NA, involucrarme. He tenido que practicar los Doce Pasos lo mejor que podía y aprender a vivir.
Hoy en día mi vida es mucho más sencilla. Tengo un trabajo que me gusta, estoy bien con mi pareja, tengo amigos de verdad y colaboro activamente con NA. Estoy a gusto con este tipo de vida. Antes pasaba el tiempo esperando algo mágico: personas, lugares o cosas que convirtieran mi vida en algo ideal.
Ya no tengo tiempo para la magia. Estoy demasiado ocupado aprendiendo a vivir. Es un proceso largo y lento. A veces pienso que me estoy volviendo loco. A veces me pregunto: «¿Para qué sirve?» A veces me arrincono en la autoobsesión y pienso que no hay salida. A veces creo que ya no tengo más fuerza para
soportar los problemas de la vida, pero entonces este programa me da una respuesta y el mal rato pasa.
La mayor parte del tiempo estoy bastante conforme con mi vida, y a veces la vida es fantástica, mejor que nunca. He aprendido a quererme a mí mismo y tengo amigos. He llegado a conocerme un poco mejor y he hallado comprensión. Tengo un poco de fe, y, por consiguiente, libertad. He descubierto el servicio y
aprendido que me brinda la satisfacción que necesito para ser feliz.

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