Estudios recientes han demostrado que aquellas personas por las cuales se reza se recuperan antes o consiguen salir de una situación difícil con mayor facilidad que aquellas por las que no se reza. Desde este humilde blog queremos aportar nuestro granito de arena y unir nuestra oración a la de todos aquellos que lo pidan. Podeis enviar vuestras peticiones a mtgaliana@hotmail.com. Gracias. Maite Galiana

lunes, 1 de diciembre de 2008

MIS MASCOTAS

 Al salir de clase fui a recogerlo, un compañero me había ofrecido un cachorrito y yo dije sí. Era una adolescente rebelde que tomaba mis propias decisiones y aquella carita arrugada de hocico chato y oscuro sería mi mascota.
Mi madre protestó pero es una mujer sensible y enseguida se enamoró de los ojitos llorosos de la perra a la que bautizamos como “Divina”. Ese fue su nombre, pero siempre la llamamos “Divi”. Parecía un bóxer y alguien me dijo que había que cortarle el rabo y las orejas. El presupuesto familiar no estaba para ningún extra y llevarla al veterinario era algo impensable. Mi madre, armándose de valor, y machete en mano, se lo cortó de un tajo. Con las orejas no nos atrevimos.
Nunca supimos como educarla. La casa empezó a llenarse de orines y heces caninas. Nos sugerían que había que asustarla haciendo ruido con un periódico, pero claro, faltaba la constancia. Los cojines del sofá pasaron a mejor vida y la gomaespuma se amontonaba en los rincones. Mis castellanos color corinto, que tanto me gustaban, aparecieron mordisqueados y rotos, las cortinas se soltaron de la barra en alguna ocasión en la que ella jugaba con la tela. Alguna vez vomitó sobre las colchas. No dormía sobre la cama, había aprendido a meterse dentro y se tapaba bajo las sabanas.
Los meses que estuvo en casa, mientras crecía y se convertía en una preciosa setter de rabo corto, fueron un autentico caos.
Mi madre tomo la decisión de regalarla a unos amigos y aquello sí que fue un verdadero drama, pero en el fondo, sabíamos que era lo mejor para todas, incluida la perra que había pasado a ser una niña más. El sentimiento de culpa duró poco. Nos derrotamos ante la evidencia. Éramos incapaces de educar a la perra. Lloramos.
A los pocos años tuvimos un precioso pastor alemán al que llamamos Ulises. “Uli” para nosotras. No fui yo quien lo llevó a casa, pero se quedó también unos meses y la experiencia se repitió. Conseguimos que en alguna ocasión depositara sus heces en la calle, pero casi siempre lo hacía en la casa, sobre periódicos y también orinaba y otra vez la desagradable tarea de recoger pises y cacas. No recuerdo quien se lo llevó, pero sé, que recuperaría su dignidad de perro y viviría como un perro en vez de cómo un niño. Lloramos.
No sé como mi casa pasó a ser el hogar de un gracioso conejo al que llamamos “Tilín”. Cagaba por todas partes, pero era muy simpático y le cogimos cariño. Cuando llegó a su madurez y en vista de que no sabíamos que hacer con él, mi madre decidió que lo mejor era ponerlo en la sartén, y preparó un suculento guiso de conejo. Todas menos mi hermana pequeña comimos. Todas lloramos.
Una noche al entrar al portal, mi madre encontró un cachorrito herido y medio muerto. Le había atropellado un coche y se refugió allí. Era negro como el carbón y arrastraba las dos patas de atrás. Le pusimos un nombre “Yumi” y le adoptamos.
El perro empezó a mejorar. Los huesos de la pata izquierda trasera no soldaron bien y el pobre tenía que apoyarse en tres patas para orinar. Metía la pata mala entre las dos delanteras y resultaba muy graciosa la postura. Yumi era un perro muy inteligente, se arrimaba a la puerta cuando quería salir a la calle y tiraba de la manga si no le hacías caso, cogía el cacharro de la comida en la boca si tenía hambre y pedía, y lo mismo si tenía sed. Realmente fue él quien nos educó a nosotras.
Tenía un cuerpo poderoso, sobre todo el pecho y las patas delanteras, ojos negros y avispados, siempre atentos y un hocico alargado y negro.
Una vez se enamoró. Corría desesperado al portal de su amada en cuanto ponía una pata en la calle. Su amada era una perrilla chica y coquetona cuya dueña estaba embarazada. El pobre Yumi, en su furor, arañó a la mujer en una pierna y lo denunció. Hubo un juicio y mi perro fue condenado a 15 días de perrera. Mi madre se deshizo de él. Lloramos.
Luego tuve una gatita siamesa, guapa, dulce, cariñosa, buena. Yo adoraba a Wendy. Nació en mi casa. Una amiga me dejó a la mamá para que la cuidara y mi amiga se fue, por demasiado tiempo. La crucé y me quedé con una cachorrita. La llevaba conmigo a todas partes. También la convertí en una niña y finalmente y muy a mi pesar tuve que dejarla en la finca de unos amigos donde, seguramente, ella fue feliz.
También tuve en mi casa un pájaro, un periquito que el padre de mi hijo le regaló. Nunca pude querer al pobre periquito y creo que mi hijo tampoco, era una especie de adorno bobo en una jaula. A los dos años se lo devolvimos y me sentí liberada.
Dos peces naranjas en una pecerita de bola vivieron un tiempo sobre mi estantería, un día aparecieron flotando sobre la superficie del agua. Pobres amigos, desparecieron por la taza del váter después de elevar una oración por sus almas de peces.
Madrid es la ciudad de los gatos. En el patio de mi casa paren continuamente las gatas y mi madre ha cuidado casi siempre de los gatitos. Les ha puesto leche y les ha curado los ojos cuando han estado enfermos. También se ha ocupado de prepararles comida a los adultos, no solo las sobras. Casi todos los gatos que nacen allí se quedan tuertos, tal vez sea la toxoplasmosis o algún gen extraño. También ha recogido los cadáveres cuando han muerto.
Hace unos años me sentí especialmente conmovida por un gato adulto que, repentinamente, empezó a adelgazar. Por instinto, acerqué mis manos hacia su cuerpo con intención de curarle, hice varios pases sobre su lomo y envolví su cabeza en mis manos. No volví a verle.
La imagen de un gato flaco que caminaba muy muy lento, cruzó por mi frente una tarde en la que intentaba dormir. Me invadió una sensación de paz y compasión. Nos dijimos adiós. Llamé a mi madre para que buscara su cadáver en el patio. Lo enterramos.

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