Estudios recientes han demostrado que aquellas personas por las cuales se reza se recuperan antes o consiguen salir de una situación difícil con mayor facilidad que aquellas por las que no se reza. Desde este humilde blog queremos aportar nuestro granito de arena y unir nuestra oración a la de todos aquellos que lo pidan. Podeis enviar vuestras peticiones a mtgaliana@hotmail.com. Gracias. Maite Galiana

jueves, 3 de febrero de 2011

COWBOY DE MEDIANOCHE


Todo el mundo me habla
pero no oigo una palabra de lo que me dicen sólo los ecos de mis pensamientos
La gente se para y me mira fijamente
pero no puedo ver sus caras
solo las sombras en sus ojos
Voy a hacia donde el sol siempre brilla
a través de los chaparrones
a donde el sol seque mis ropas
De vuelta del viento del noreste
navegando en la brisa del verano
rebotando sobre el océano como una piedra.
LA PELICULA
Sabes que nunca he sido amante del cine, en mi época, los minicines empezaban a abrirse paso. La oferta cinematográfica se ampliaba y podíamos elegir entre varias peliculas en el mismo horario. Lo malo fue que las dos películas por sesión de los cines de barrio desaparecieron.
Acababa de abrirme a la vida, de atravesar la puerta de la vida y la puerta de la casa de mi madre, en pos del amor. Como tú quieres hacer ahora.
Fui con Alfredo. Un chico alto y flacucho al que me pegué como una garrapata desde el día en que nos cominos un tripi junto al Palacio de Cristal.
No me mires así, yo también fui joven y rebelde aunque te parezca mentira.
Por obra de esa droga, él se me convirtió en un profesor de pelo cano, solitario y concentrado en sus investigaciones y yo era su fiel y amante esposa.
El único contacto que tuvo el pobre con los laboratorios fue para atracarlos en busca de alguna sustancia que poder inyectarse en la vena.
No, no te miento.
El personaje de la película, inexplicablemente, me trastornó. Sufrí con él cada tropiezo. Le llamaba tonto cuando le robaban o cuando pensaba que con sus botas se comería el mundo y que era suficiente ser guapo para ser un gigoló. Con cada desventura del tal Joe yo recibía un puñetazo en el estómago.
En el asiento oscuro de la pequeña sala de proyección, mi alma y mi cuerpo se retorcían.
-Cómo puedes ser tan tonto, le decía.
¡Vuélvete a tu pueblo!, ¡será memo!. Se va a la cama con una mujer mayor y encima le da el poco dinero que le queda. -Mira el amigo que te has buscado, otro infeliz y está enfermo. ¡Salid de una vez de esa casa en ruinas!. Vaya birria de botas, no sé como te puede gustar esa horterada
Salí del cine con una desagradable sensación de rabia contra aquel personaje ridículo e ingenuo que, con el tiempo, resultó ser una caricatura de mi misma.
¿Te sorprende que nunca te haya hablado de esto?. No lo creí necesario.
Hace unos días, haciendo zapping, me encontré inesperadamente con el cowboy que viera hace más de treinta años. ¡Como cambiamos!
¡Qué bellísima película! ¡Qué ternura la de Joe Buck! ¡Qué magia la de Hoffman interpretando a Ratso Rizzo!. Se durmió en el autobús, rumbo a su sueño, como Alfredo se durmió en un banco del Retiro para no despertar jamás. La música resonó en mi pecho como la más alta vibración celeste. Como había ocurrido siempre que la había escuchado pero había olvidado que era parte de este film, parte de la historia que hizo que me revolviera en el asiento del mini cine, indignada por las torpezas del protagonista.
He pensado en las cosas del amor. En el fenómeno extraordinario que hace que una persona equilibrada, sana y trabajadora pierda totalmente la razón. En la experiencia extraordinaria que hace que una persona caiga en el fondo del abismo, si no ve, en el momento que lo desea, a la persona amada, si no recibe la llamada que espera o el abrazo que anhela. Solo estar con la persona idolatrada tiene sentido, aunque te lleve al borde del precipicio, aunque sea su mano la mano que te empuje, aunque presientas que no hay camino. Vas, como fui yo, pegada a la piel de Alfredo, succionando la sangre que no existía, la ternura que no existía, el futuro que no existía.
Se como te sientes.
Se ha encendido en el ascensor de mi memoria la tecla de Carlos Pena, tal vez, porque cerró mi último episodio de cowboy. Nunca te he hablado de él.
Fue apenas un encuentro sexual cuando trataba de poner algo de orden en mi destartalada vida. Vino a esperarme una noche cualquiera a la puerta del bar donde yo trabajaba.
Si, trabajé en un bar, no me mires así.
No sé porqué Carlos me atrajo, tal vez por su melancolía. Era un hombre guapo, pero triste. Supe que un accidente de tráfico le había apartado del amor de su vida. En mi ánimo se mezcló un cóctel de lastima y ambición. En el fondo me hubiera gustado que se enamorara de mí, ser la única mujer del mundo capaz de consolarle, convertirme en su amante. Ir a vivir a su lujosa casa y gozar de las comodidades de tener servicio domestico, que pusiera una cuenta en el banco a mi nombre, que me regalara un coche último modelo. No imaginaba un regalo mejor, pero me lo hizo.
Carlos no soportó la vida y se marchó a los pocos días de nuestro encuentro. Nunca supo que tu venias en otro tren.
No llores mi niña. No puedo librarte de ningún sufrimiento que esté en tu destino, pero date tiempo Si él te quiere te esperará. Te ayudaré a deshacer la maleta.

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