CARTA VII
Noé y su familia se salvaron, si
puede considerarse una ventaja, -pongo el si por la sencilla razón de que nunca
existió una persona inteligente que hubiese alcanzado los sesenta años que
consintiera en vivir su vida de nuevo. Ni la suya ni ninguna otra-. La Familia
se salvó, sí, pero no estaban cómodos, porque estaban plagados de microbios.
Cubiertos hasta los ojos; habían engordado con ellos hasta la obesidad,
estirados como globos. Eran condiciones desagradables, pero no podían evitarse,
porque había que salvar microbios suficientes para proveer a las futuras razas
de hombres de enfermedades desoladoras, y sólo había ocho personas a bordo que
pudieran servirles de hoteles. Los microbios eran la parte más importante de la
carga del Arca, y la parte por la cual el Creador estaba más preocupado, que
más quería. Tenían que tener buen alimento y estar bien instalados. Había
gérmenes de tifoidea, de cólera, de hidrofobia, y tétanos, gérmenes de
tuberculosis, y de fiebre bubónica, cientos de seres especialmente preciosos,
cuál aristócratas portadores dorados del amor de Dios por los hombres, benditos
regalos de un Padre amante de sus hijos, y todos ellos tenían que estar
suntuosamente alojados y atendidos. Residían en los lugares más selectos que el
interior de la Familia podía ofrecer: en los pulmones, en el corazón, en el
cerebro, en los riñones, en la sangre, en las entrañas. En las entrañas
particularmente. El intestino grueso fue el alojamiento favorito. Allí se
reunían en billones incontables, trabajaban y se alimentaban, se retorcían y
cantaban himnos de alabanza y agradecimiento. En el silencio de la noche, se
podía oír el murmullo. El intestino grueso fue, en realidad, su Cielo. Lo
rellenaron, lo pusieron tan rígido como un caño. Se enorgullecía de ello. Su
himno habitual hacía grata referencia a ello:
Constipación,
oh constipación, Este alegre sonido proclama. Hasta en las recónditas entrañas
del hombre El nombre del Hacedor alaba.
Las
incomodidades del Arca eran muchas y variadas. La Familia tenía que convivir
con una multitud de animales, y respirar el hedor que causaban y ensordecerse
noche y día por el ruido fragoroso que producían sus rugidos y sus chillidos.
Agregados a esas incomodidades intolerables, el lugar era especialmente difícil
para las mujeres, porque no podían mirar en ninguna dirección sin ver a miles
de animales multiplicándose y repoblando. Y luego, estaban las moscas. Se
amontonaban por todas partes, y perseguían a la Familia todo el día. Eran los
primeros animales en despertar, y los últimos en caer dormidos. Pero no debía
matárselas, ni lastimárselas, eran sagradas, su origen era divino, eran las
favoritas especiales del Creador, sus tesoros.
Con
el tiempo otros seres se distribuirían por distintos lugares, dispersados, los
tigres fueron destinados a la India, los leones y los elefantes a los desiertos
vacíos y a los lugares escondidos de la jungla, los pájaros a las regiones
ilimitadas del espacio vacío, los insectos a uno u otro clima, según la
naturaleza y las necesidades; ¿pero, y la mosca? No pertenece a nación alguna;
se siente a gusto en cualquier clima, el orbe es su territorio, todo ser que
respira es su presa, y para todos es un azote del infierno.
Para
el hombre es una embajadora divina, un ministro plenipotenciario, un
representante especial del Creador. Lo infesta en la cuna; se adhiere en
racimos a sus pegajosos párpados; zumba, lo pica y lo fastidia, le roba el
sueño a él y las fuerzas a su madre en las largas vigilias que dedica a
proteger al hijo del acoso de esta plaga. La mosca atormenta al enfermo en su
hogar, en el hospital y en su lecho de muerte hasta su último suspiro. Lo
atormenta en la comidas; primero busca pacientes que sufran enfermedades
mortales y repugnantes; camina por sus heridas, se impregna las patas con un
millón de gérmenes causantes de la muerte; luego se posa en la mesa de ese
hombre sano y contamina la mantequilla, y descarga su intestino de excrementos
y gérmenes tifoideos en sus panecillos. La mosca arruina más organismos humanos
y destruye más vidas que toda la multitud de mensajeros de infelicidad y
agentes letales de Dios juntos.
Sem
estaba lleno de parásitos intestinales. Es extraordinario el completo y amplio
estudio que dedicó el Creador a la gran obra de hacer desgraciado al hombre. He
dicho que ideó un agente de aflicción especial para todos y cada uno de los
detalles de la estructura del hombre, sin pasar uno solo por alto, y dije la
verdad. Mucha gente pobre tiene que andar descalza porque no puede comprarse
zapatos. El Creador vio su oportunidad. Diré, de paso, que siempre tiene el ojo
puesto sobre los pobres. La novena parte de sus invenciones de enfermedades
estaba destinada a los pobres, y ellos las padecen. Los ricos adquieren los
sobrantes. No crean que hablo despreocupadamente, no es así. La mayoría de las
enfermedades inventadas por el Creador está destinada a atacar a los pobres. Se
podría deducir esto del hecho de que uno de los mejores y más comunes nombres que
se le dan al Creador desde el púlpito es “Amigo de los Pobres”. Nunca ofrece el
púlpito una alabanza al Creador que contenga el menor vestigio de verdad. El
enemigo más implacable e incansable de los pobres es su Padre Celestial. El
único amigo de los pobres es su prójimo. Se apiada de él, lo compadece, y así
lo demuestra en sus actos. Hace lo que puede para aliviar sus penas, y en cada
caso el Padre Celestial recibe el crédito.
Lo
mismo pasa con las enfermedades. Si la ciencia extermina una enfermedad que ha
estado trabajando para Dios, es Dios el que recibe todo el mérito, ¡y todos los
púlpitos irrumpen en arrebatos publicitarios de gratitud y proclaman su bondad!
Él lo hizo, quizás esperó mil años antes de hacerlo; eso no es nada; el púlpito
dice que estaba pensando en ello todo el tiempo. Cuando los hombres exasperados
se rebelan y barren a una tiranía de siglos y liberan a una nación, lo primero
que hace el púlpito es anunciarlo como obra de Dios, e insta a la gente a
ponerse de rodillas y agradecer a Dios por ello. Y el púlpito dice con
admirable emoción: “Que entiendan los tiranos que el Ojo que nunca duerme está
posado sobre ellos; y que recuerden que el Señor Nuestro Dios no será siempre
paciente, sino que desatará el huracán de Su ira sobre ellos en el día
señalado”. Se olvidan de mencionar que Sus movimientos son los más lentos del
Universo; que Su Ojo que nunca duerme bien podría hacerlo, ya que tarda un
siglo en ver lo que cualquier otro ojo apreciaría en una semana; que no hay en
toda la historia un solo ejemplo de que Él pensara en un acto noble primero,
sino que siempre pensó en ello un poco después de que a alguien más se le
ocurriera y lo hiciera. Entonces si llega Él, y se cobra los dividendos.
Ahora
bien, seiscientos años atrás Sem estaba infectado de gusanos. De tamaño
microscópico, invisibles al ojo. Todos los productores de enfermedades
especialmente mortales del Creador son invisibles. Es una idea ingeniosa.
Durante miles de años esto impidió al hombre llegar a la raíz de sus males y desbarató
todo intento de sobreponerse a ellos. Sólo en fecha muy reciente la ciencia
consiguió aclarar esta traición.
El
último de esto benditos triunfos de la ciencia fue el descubrimiento y la
identificación del embozado asesino que se conoce con el nombre de parásito
intestinal. Su presa favorita es el pobre que va descalzo. Le tiende su
emboscada en las regiones cálidas y en los lugares arenosos y se le clava en
los pies desprotegidos.
El
parásito intestinal fue descubierto hace tres o cuatro años por un médico que
estudió pacientemente a las víctimas de este mal durante mucho tiempo. La
enfermedad provocada por este parásito había causado estragos en todos los
lugares de la tierra desde que Sem desembarcara en Ararat, sin que se
sospechara jamás que era realmente una enfermedad. Simplemente se consideraba
haragana a la gente que la contraía, y por lo tanto era objeto de burla,
desprecio, no de lástima. El parásito intestinal es un invento particularmente
vil y taimado, y durante siglo hizo su trabajo subterráneo sin que se lo
molestara; pero este médico y sus colaboradores lo exterminarán a partir de
ahora.
Dios
está tras esto. Ha pensado durante seis mil años para tomar Su decisión. La
idea de exterminar el parásito fue Suya. Estuvo a punto de hacerlo antes de que
lo hiciera el doctor Charles Wardell Stiles. Pero está a tiempo para cosechar
el mérito. Siempre lo está. Va a costar un millón de dólares. Probablemente Él
estuvo a punto de contribuir con esa suma, pero alguien se le adelantó, como de
costumbre el señor Rockefeller. Él pone el millón, pero el mérito se le
atribuye a otro –como es habitual. Los diarios de la mañana nos informan sobre
la acción del parásito intestinal:
“Los
parásitos intestinales a menudo disminuyen tanto la vitalidad de las personas
afectadas que se retarda su desarrollo físico y mental, se vuelven más
susceptibles a contraer otras enfermedades, disminuye la eficiencia laboral, y
en los distritos donde la enfermedad es más notoria hay un intenso aumento en
el índice de mortalidad por tuberculosis, neumonía, fiebre tifoidea y malaria.
Se ha demostrado que la disminución de la vitalidad en la población, atribuida
durante largo tiempo a la malaria y al clima de ciertas zonas y que afecta
seriamente el progreso económico, se debe en realidad a este parásito. El mal
no se limita a una determinada clase de personas; cobra su tributo de
sufrimiento y muerte lo mismo entre los acomodados y altamente inteligentes que
entre los menos afortunados. Un cálculo conservador señala que dos millones de
habitantes están afectados por este parásito. El mal es más común y más grave
en los niños de edad escolar. A pesar de ser una infección grave y de estar muy
generalizada, hay un punto positivo. La enfermedad puede ser fácilmente
reconocida y tratada con eficacia. Puede prevenirse (con la ayuda de Dios)
mediante precauciones sanitarias apropiadas y sencillas”.
Los
pobres niños están bajo la vigilancia del Ojo que nunca duerme, ya lo ven.
Siempre han tenido esa mala suerte. Tanto ellos como los “pobres del Señor”
–según la sarcástica frase- jamás han podido liberarse de las atenciones del
Ojo.
Sí,
los pobres, los humildes, los ignorantes, son los que reciben sus cuidados.
Consideremos la “enfermedad del sueño”, de África. Esta atroz crueldad tiene
por víctima a una raza de negros inocentes e ignorantes que Dios colocó en un
desierto remoto, y sobre la cual puso Su Ojo: el que no duerme nunca si hay
oportunidad de engendrar padecimientos para alguien. Hizo los arreglos
pertinentes antes del Diluvio. El agente elegido fue una mosca emparentada con
la tsé-tsé, una mosca que asola el país de Zambesi y mata con su picadura al
ganado y a los caballos, volviendo así a la región inhabitable para el hombre.
El espantoso pariente de la tsé-tsé deposita un microbio que produce la
“Enfermedad del Sueño”. Cam estaba plagado de estos microbios y al término del
viaje los esparció en África, comenzando la destrucción que no encontraría
alivio hasta haber pasado seis mil años, cuando la ciencia atisbaría en el
misterio descubriendo la causa de la enfermedad. Las naciones piadosas
agradecen desde entonces a Dios, y lo alaban por venir al rescate de los
negros. El púlpito dice que es Él quien merece la alabanza. Por cierto que es
un Ser muy curioso. Comete un crimen atroz, prolonga este crimen durante seis
mil años y, luego, se hace merecedor de alabanzas porque sugiere a alguien la
forma de paliar su gravedad. Al enfermo le llaman paciente, y realmente debe
serlo, pues de otro modo hace siglos que hubiera hundido el púlpito en la
perdición por los nefastos dones que recibe de Su parte. La ciencia dice lo
siguiente de la Enfermedad del Sueño, llamada también Letargo Negro:
“Se
caracteriza por períodos de sueño recurrentes a intervalos. La enfermedad dura
de cuatro meses a cuatro años, y es siempre fatal. La víctima al principio
tiene apariencia lánguida, pálida, débil, idiotizada. Los párpados se inflaman
y aparece una erupción cutánea. Se queda dormida mientras habla, come o
trabaja. A medida que progresa la enfermedad se alimenta con dificultad,
enflaqueciendo. La inanición y la aparición de llagas van seguidas de
convulsiones y la muerte. Algunos pacientes pierden la razón”.
Quien
es llamado por la Iglesia y el pueblo Padre Nuestro que estás en los Cielos es
el que inventó la mosca y la mandó a infligir este triste y prolongado
infortunio, esta melancolía y esta ruina, esta podredumbre del cuerpo y de la
mente, a un pobre salvaje que no hizo daño alguno al Gran Criminal. No hay un
hombre en el mundo que no compadezca al pobre negro sufriente, y no hay hombre
que no estuviera dispuesto a devolverle la salud si pudiera. Para encontrar al
único que no siente piedad de él es necesario ir al Cielo; para encontrar al
único que puede sanarlo y a quien no se pudo persuadir de que lo hiciera, es
necesario ir al mismo lugar. Hay sólo un padre lo suficientemente cruel para
afligir a su hijo con este horrible mal; sólo uno. Ni todas las eternidades
pueden producir otro. ¿Les gustan los reproches poéticos llenos de indignación
expresada con calor? He aquí uno, recién salido del corazón de un esclavo:
¡La
falta de humanidad del hombre Causa incontables pesares!
Les
contaré una linda historia que tiene un toque patético. Un hombre se volvió
religioso, y preguntó a un sacerdote qué podía hacer para volverse digno de su
nuevo estado. El sacerdote dijo: “Imita a Nuestro Padre que está en el Cielo,
aprende a ser como Él”. El hombre estudió la Biblia con atención, diligente,
concienzudamente, y luego de haber rogado al Cielo que lo guiara, inicio sus imitaciones.
Hizo caer por las escaleras a su mujer, que se rompió la columna dejándola
paralítica por el resto de sus días; entregó a su hermano en manos de un
estafador, que le robó cuanto poseía y lo dejó en el asilo; inoculó parásitos
intestinales a uno de sus hijos, la enfermedad del sueño a otro, y gonorrea al
tercero; hizo que su hija se contagiara escarlatina y llegara así a la
adolescencia sorda, ciega y muda para siempre; y después de ayudar a un canalla
a que sedujera a la menor, le cerró la puertas de su casa y la hija murió
maldiciéndolo en un prostíbulo. Luego se presentó ante el sacerdote, que le
dijo que esa no era la forma de imitar al Padre Celestial. El converso preguntó
en qué había fallado, pero el sacerdote cambió de tema y le preguntó cómo
estaba el tiempo en su pueblo.