Cartas desde la Tierra Carta VIII de Mark Twain
El hombre es, sin duda, el tonto más interesante que existe.
También el más excéntrico. No tiene una sola ley escrita, en su Biblia o fuera
de ella, que tenga otra intención u otro propósito que éste: limitar u oponerse
a la ley de Dios.
Pocas veces saca de un hecho sencillo algo que no sea una
conclusión equivocada. No puede evitarlo; es la forma en que está hecha esa
confusión que él llama su mente. Consideren lo que acepta, y todas las curiosas
conclusiones que extrae.
Por ejemplo, acepta que Dios hizo al hombre. Lo hizo sin
deseo ni conocimiento del hombre. Esto parece hacer, indisputable y claramente,
a Dios y solamente a Dios responsable por los actos del hombre. Pero el hombre
niega esto.
Acepta que Dios hizo a los ángeles perfectos, sin mácula e
inmunes al dolor y a la muerte, y que podría haber sido igualmente bondadoso
con el hombre, si lo hubiera querido, pero niega que tuviera ninguna obligación
moral de hacerlo.
Acepta que el hombre no tiene derecho moral a castigar al
hijo que engendra con crueldades voluntarias, enfermedades dolorosas o la
muerte, pero rehúsa limitar los privilegios de Dios de la misma manera hacia
los hijos que Él engendra.
La Biblia y los estatutos del hombre prohíben el homicidio,
el adulterio, la fornicación, la mentira, la traición, el robo, la opresión y
otros crímenes, pero sostienen que Dios está libre de esas leyes y que tiene
derecho a romperlas cuando quiera. Aceptan que Dios da a cada hombre al nacer
su temperamento y su disposición. Aceptan que el hombre no puede, por medio de
ningún proceso, cambiar este temperamento, sino que debe permanecer siempre
bajo su dominio. Pero, en el caso de que un hombre esté lleno de pasiones
tremendas, y otro, totalmente privado de ellas, considera justo y racional
castigar al primero por sus crímenes, y recompensar al segundo por abstenerse
de cometerlos.
A ver, consideremos estas curiosidades. Temperamento
(disposición): Tomemos dos extremos de temperamento: la cabra y la tortuga.
Ninguna de estas dos criaturas crea su propio temperamento, sino que nace con
él, como el hombre y, al igual que él, no puede cambiarlo. El temperamento es
la Ley de Dios escrita en el corazón de cada ser por la propia mano de Dios, y
debe ser obedecido, y lo será a pesar de todos los estatutos que lo restrinjan
o prohíban, emanen de donde emanen.
Muy bien, la lascivia es el rasgo dominante del temperamento
de la cabra, la Ley de Dios para su corazón, y debe obedecerla y la obedece
todo el día durante la época de celo, sin detenerse para comer o beber. Si la
Biblia ordenara a la cabra: “No fornicarás, no cometerás adulterio”, hasta el
hombre, ese estúpido hombre, reconocería la tontería de la prohibición, y
reconocería que la cabra no debe ser castigada por obedecer la Ley de su
Hacedor. Sin embargo, cree que es apropiado y justo que el hombre sea colocado
bajo la prohibición. Todos los hombres. Sin excepción. A juzgar por las
apariencias esto es estúpido, porque, por temperamento, que es la verdadera Ley
de Dios, muchos hombres son iguales que las cabras y no pueden evitar cometer
adulterio cuando tienen oportunidad; mientras que hay gran número de hombres
que, por temperamento, pueden mantener su pureza y dejan pasar la oportunidad
si la mujer no tiene atractivos. Pero la Biblia no permite en absoluto el
adulterio, pueda o no evitarlo la persona. No acepta distinción entre la cabra
y la tortuga, la excitable cabra, la cabra emocional, que debe cometer
adulterio todos los días o languidecer y morir, y la tortuga, esa puritana
tranquila que se da el gusto sólo una vez cada dos años y que se queda dormida
mientras lo hace y no se despierta en sesenta días. Ninguna señora cabra está
libre de violencia ni siquiera en el día sagrado, si hay un señor macho cabrío
en tres millas a la redonda y el único obstáculo es una cerca de cinco metros
de alto, mientras que ni el señor ni la señora tortuga tienen nunca el apetito
suficiente de los solemnes placeres de fornicar para estar dispuestos a romper
el descanso de la fiesta por ellos. Ahora, según el curioso razonamiento del
hombre, la cabra es acreedora a castigo y la tortuga a encomio.
“No cometerás adulterio” es un mandamiento que no establece
distingos entre las siguientes personas. A todos se les ordena obedecerlo:
Los niños recién nacidos.
Los niños de pecho.
Los escolares.
Los jóvenes y doncellas.
Los jóvenes adultos.
Los mayores.
Los hombres y mujeres de 40 años.
De 50.
De 60.
De 70.
De 80.
De 90.
De 100.
El mandamiento no distribuye su carga adecuadamente, ni
puede hacerlo. No es difícil acatarlo para los tres grupos de niños. Es
progresivamente difícil para los tres grupos siguientes, rayando en la
crueldad. Felizmente se suaviza para los tres grupos posteriores. Al alcanzar
esta etapa, ha hecho todo el daño que podía hacer, y podría suprimirse. Pero
con una imbecilidad cómica se extiende su aplastante prohibición a las cuatro
edades siguientes. Pobres viejos desgastados, aunque trataran no podrían
desobedecerlo. ¡Y piensen ustedes, reciben loas porque se abstienen santamente
de cometer adulterio entre ellos!
Esto es absurdo, porque la Biblia sabe que si se le diera la
oportunidad al más anciano de recuperar la plenitud perdida durante una hora,
arrojaría el mandato al viento y arruinaría a la primera mujer con quien se cruzara,
aunque se tratara de una perfecta desconocida. Es como yo digo: tanto los
estatutos de la Biblia como los libros de derecho son un intento de revocar una
Ley de Dios, que en otras palabras expresa la inalterable e indestructible ley
natural. El Dios de esta gente les ha demostrado con un millón de actos que Él
no respeta ninguno de los estatutos de la Biblia. Él mismo rompe cada una de
Sus leyes, aun la del adulterio. La Ley de Dios, al ser creada la mujer, fue la
siguiente: No habrá límite impuesto sobre tu capacidad de copular con el sexo
opuesto en ninguna etapa de tu vida. La Ley de Dios, al ser creado el hombre,
fue la siguiente: durante tu vida entera estarás sometido sexualmente a
restricciones y límites inflexibles.
Durante veintitrés días de cada mes (no habiendo embarazo),
desde el momento en que la mujer cumple siete años hasta que muere de vieja,
está lista para la acción, y es competente. Tan competente como el candelero
para recibir la vela. Competente todos los días, competente todas las noches.
Además, quiere la vela, la desea, la ansía, suspira por ella, como lo ordena la
Ley de Dios en su corazón pero la competencia del hombre es breve; y mientras
dura es sólo en la medida moderada establecida para su sexo. Es competente
desde la edad de dieciséis o diecisiete años y durante un plazo de treinta y
cinco años. Después de los cincuenta su acción es de baja calidad, los
intervalos son amplios y la satisfacción no tiene gran valor para ninguna de
las partes; mientras que su bisabuela está como nueva. Nada le pasa a ella. El
candelero está tan firme como siempre, mientras que la vela se va ablandando y
debilitando a medida que pasan los años por las tormentas de la edad, hasta que
por fin no puede erguirse y debe pasar a reposo con la esperanza de una feliz
resurrección que no ha de llegar jamás.
Por constitución, la mujer debe dejar descansar su fábrica
tres días por mes y durante un período del embarazo. Son etapas de incomodidad,
a veces de sufrimiento. Como justa compensación, tiene el alto privilegio del
adulterio, ilimitado todos los demás días de su vida.
Esa es la Ley de Dios, revelada en su naturaleza. ¿Y qué
pasa con este valioso privilegio? ¿Vive disfrutándolo libremente? No. En ningún
lugar del mundo. En todas partes se lo arrebatan. ¿Y quién lo hace? El hombre.
Los estatutos del hombre, si es que la Biblia es la Palabra de Dios. Pues bien,
tienen ante ustedes una muestra del “poder del razonamiento” del hombre, como
él le llama. Observa ciertos hechos. Por ejemplo, a lo largo de su vida no hay
un solo día en que pueda satisfacer a una mujer; asimismo, en la vida de la
mujer no hay un día en que no pueda esforzarse y vencer, dejando fuera de
combate a diez hombres en la cama.
Así el hombre concreta esta singular conclusión en una ley
definitiva. Y lo hace sin consultar a la mujer, aunque a ella le concierne el
asunto mil veces más que a él. La capacidad procreadora del hombre está
limitada a un término medio de cien experiencias por año durante cincuenta
años, la de la mujer alcanza las tres mil por año durante el mismo lapso y
durante tantos años más como pueda vivir. Así su interés en el asunto se reduce
a cinco mil descargas en su vida, mientras que ella experimenta ciento
cincuenta mil; sin embargo, en lugar de permitir, honorablemente, que haga la
ley la persona más afectada, este cerdo inconmensurable, que carece de algún
motivo digno de consideración, ¡decide dictarla él!
Hasta ahora habrán descubierto, por mis comentarios, que el
hombre es un tonto; ahora saben que la mujer lo es más.
Ahora, si ustedes o cualquier otra persona inteligente
pusieran en orden las equidades y justicias entre el hombre y la mujer,
concederían al hombre la cincuentava parte de interés en una mujer, y a la
mujer le otorgarían un harén. ¿No es así? Necesariamente. Pero, les aseguro,
este ser de la vela decrépita ha asumido la posición contraria. Salomón, que
era uno de los favoritos de la Deidad, tenía un gabinete de copulación
compuesto de setecientas esposas y trescientas concubinas. Ni para salvar su vida
podría haber mantenido satisfechas siquiera a dos de esas jóvenes criaturas,
aun cuando tenía quince expertos que lo ayudaban. Necesariamente las mil
pasaban años y años con su apetito insatisfecho. Imagínense un hombre
suficientemente cruel para contemplar ese sufrimiento todos los días y no hacer
nada para mitigarlo. Maliciosamente hasta agregaba agudeza a este patético
sufrimiento, al mantener siempre a la vista de esas mujeres, fuertes guardias
cuyas espléndidas formas masculinas hacían que se les hiciera agua la boca a
esas pobres muchachitas, y negándoles el solaz, pues esos caballeros eran
eunucos. Un eunuco es una persona cuya vela ha sido apagada mediante un
artificio.
De vez en cuando, mientras prosigo, tomaré uno u otro pasaje
bíblico y les demostraré que este siempre viola la Ley de Dios. Incorporado más
tarde a las normas de las naciones, la violación continúa. Pero ello puede
esperar, no hay apuro.



