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viernes, 20 de enero de 2012

EL TESTAMENTO DE SAN JUAN. J.J BENITEZ


EL TESTAMENTO DE SAN JUAN

PARTE 3. CAPÍTULO 12. EL UNIVERSO NO ERA INEVITABLE

Y en mi visión vi también el sexto Superuniverso, girando en torno al Gran Universo. Y sus cien mil universos proclamaban la gloria del Señor. Y de la sexta rueda de mundos escuché la voz del sexto de los Siete Espíritus Maestros. Él regenta la sexta Escuela de Dios. Y en ella se enseña el sexto atributo de la Divinidad. Y el sexto Espíritu Maestro dijo:

«Sólo Dios es el Primero. Escucha, hijo de la tierra, la sexta maravilla del Padre. »¿Creéis que Dios pierde su primacía porque delegue su poder? Su mano sigue firme sobre la palanca de las circunstancias. Y esas circunstancias son Él mismo. No confundáis su generosidad con el desinterés. Él delega y otorga su poder a sus hijos, pero permanece el Primero. Es el Primero. Será el Primero. Las decisiones finales son suyas. Nadie, ni siquiera los rebeldes, pueden ensombrecer su primacía. Fue escrito: "¿Quién como Dios?" Aquellos pocos que han elegido la iniquidad como bandera disfrutan limitadamente de su primacía. Y esa primacía es siempre como la mejoría que anuncia la muerte. Debéis sentiros felices y confiados: esa primacía del Padre está al servicio de la felicidad universal. Por ello no es erróneo profetizar que la felicidad revolotea en todas las órbitas de lo creado. »La soberanía del Padre es ilimitada. Estáis ante el hecho fundamental de toda creación. El universo no era inevitable. Aunque no comprendáis aún sus leyes y su armonía, no imaginéis que estáis ante un accidente cósmico. El universo no existe por sí mismo. Este Gran Universo y el Maestro Universo y cada uno de los siete Superuniversos y los cien mil universos de cada Superuniverso son un puro y sublime trabajo de creación divina. Él se asomó un día al tablero de sus infinitas posibilidades y pensó en la Creación. Y así surgió el Gran Universo y todo cuanto ya conoces. Todo fue trazado con amor. Cada sol, cada fuerza, cada mundo, cada vida, cada hombre y cada futuro. Todo fue dibujado en su Infinitud, con los pinceles de su Sabiduría. Todo —hasta el último entre los últimos— fue planeado con la meticulosidad del que ama. Tú entre ellos. Él escogió tus rasgos. Él moldeó tu cuerpo y Él sacó tu espíritu inmortal de su propia Inmortalidad. Todo, en suma, está sometido a su voluntad, porque todo es suyo.

El universo no era, pues, inevitable. Y esa bondad y amor en lo creado son tanto mayores cuanto más grande es su imperfección aparente. Dios no cubre a las criaturas perfectas de Havona con el amor con que cubre a los mundos evolucionarios del tiempo y del espacio. Ellos ya son el amor. Vosotros, en cambio, navegáis en busca del amor. ¿Quién puede necesitar más de Dios?»

Una única voluntad universal y soberana

«El hombre evolucionario rechaza la idea de una voluntad universal y soberana sobre todo lo creado. Esa realidad escapa a su intelecto. Sin embargo, en la más flagrante de las contradicciones, acepta y venera la actividad de esa misma voluntad soberana en la elaboración de las leyes del universo. Estáis rindiendo así el más grande homenaje al Soberano de tales leyes. No os engañéis: a la larga o a la corta, todas las filosofías y religiones desembocan en el concepto de un solo Dios y de una sola soberanía universal. El gobierno único del Padre es inevitable. Las causas universales priman siempre sobre los efectos universales. Es preciso que las corrientes de la vida y del pensamiento cósmico estén por encima de los niveles de su manifestación. No podéis explicar el pensamiento humano en base a una evolución natural de las especies. Jamás lo lograréis por ese camino. No podéis justificar la alegría o la esperanza, en base a parámetros evolucionistas inferiores. ¿De dónde os viene la capacidad para apreciar la belleza o la bondad? ¿Acaso de la grosera mutación de las especies? ¿De dónde creéis que nace la voluntad? ¿Quizá de un fenómeno natural, posible e identificable en la Naturaleza? No es posible comprender el entendimiento humano, si no es reconociendo una realidad superior. Jamás podréis explicar la excelsa e irrepetible realidad del hombre como ser moral, si no es partiendo de la realidad de un Padre Universal y amoroso.»

No preguntes sobre el sufrimiento de Dios

«En la sexta Escuela de Dios se enseña también otra regla de oro: "No preguntes sobre el sufrimiento de Dios." ¿Sufre el Padre Universal? Nadie conoce la respuesta. Dios es infinitamene poderoso. Suya es la soberanía universal. Suyo es el poder y la gloria. Suyo el conocimiento y la Infinitud. Suya la suprema omnipotencia y omnisciencia. Pero, ¿sufre el que todo lo llena? Dejadme que lance una respuesta al vacío: quizás sufra en sus criaturas imperfectas. Quizá se aflija en vuestras aflicciones. Quizá se estremezca en la noche oscura de la iniquidad. Pero sólo es un quizá. Él está en el pensamiento humano. Él conoce vuestros momentos de soledad. Él sufre. Él está en vuestras calamidades. Él sufre. Él tropieza con vosotros en la equivocación. Él sufre. Él sabe del hambre en vuestra hambre. Él sufre. Él se rasga en la batalla y en la enfermedad. Él sufre. Él es vosotros.»


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