Estudios recientes han demostrado que aquellas personas por las cuales se reza se recuperan antes o consiguen salir de una situación difícil con mayor facilidad que aquellas por las que no se reza. Desde este humilde blog queremos aportar nuestro granito de arena y unir nuestra oración a la de todos aquellos que lo pidan. Podeis enviar vuestras peticiones a mtgaliana@hotmail.com. Gracias. Maite Galiana

martes, 24 de marzo de 2015

LA PESADILLA DEL DOCTOR BOB. EL LIBRO AZUL DE A.A.

Nací en una pequeña municipalidad de Nueva Inglaterra que contaba alrededor de setenta mil almas. Recuerdo que el nivel moral en ese lugar era muy superior a la media. No se vendían ni cerveza ni licores en sus alrededores, salvo en la tienda del Estado, donde era posible comprarlos siempre y cuando se pudiera comprobar que había una verdadera necesidad. Si el cliente no podía comprobar tal necesidad, debía regresarse con las manos vacías, privado de aquello que, más tarde en mi vida, llegué a considerar como la gran panacea para todos los males humanos. Aquéllos que recibían el embarque de licor desde Boston o desde Nueva York eran mal vistos por la mayor parte de los buenos ciudadanos del lugar. En nuestra ciudad, las iglesias y las escuelas eran muy numerosas. Fue ahí donde comencé mi formación escolar.

Mi padre ejercía una profesión en la cual era reconocido, y tanto él como mi madre consagraban mucho de su tiempo a las actividades parroquiales. Mis dos padres tenían una inteligencia superior a la media.

Desafortunadamente para mí, fui hijo único, lo que quizás generó en mí el egoísmo, el cual jugó un papel tan importante en la aparición de mi alcoholismo.

Desde mi infancia hasta el final de mis estudios secundarios, fui mas o menos obligado a ir a la iglesia. Debía asistir a la escuela de catequismo y a los servicios religiosos nocturnos, participar los lunes en la Comunidad de Obras Cristianas y a veces ir también a las reuniones de oración de los miércoles por la noche. Esto hizo que tomara la resolución de no volver a poner nunca los pies en una iglesia, apenas me liberase de la autoridad de mis progenitores. Mantuve mi resolución durante los cuarenta años siguientes, salvo cuando las circunstancias me dejaban creer que no era sabio no ir.

Después de la escuela secundaria pasé cuatro años en una de las mejores universidades del país. Allí, la cerveza parecía ser una de las más grandes actividades fuera de las aulas. Casi todo el mundo parecía que bebía. Comencé a beber más y más, y me divertía enormemente, sin tener problemas de salud o de dinero. Al día siguiente de una parranda daba la impresión de ponerme en forma más rápido que mis compañeros que tenían la desgracia (o la fortuna) de despertarse con náuseas. Nunca tuve un dolor de cabeza y eso me induce a creer que fui alcohólico casi desde el inicio. Toda mi vida parecía consistir en hacer únicamente lo que yo tenía ganas de hacer, sin considerar los derechos, los deseos o los privilegios de los demás; esta actitud se acentuó con el paso de los años. A los ojos de mis compañeros de bebida, obtuve mi diploma en grado de summa cum laude" , mas no a los ojos del rector de la facultad.

Durante los tres años que siguieron viajé entre Boston, Chicago y Montreal, trabajando para una importante compañía manufacturera. Vendía material ferroviario, motores de gas de toda clase y muchos otros artículos de maquinaria pesada. Durante esos años bebí cuanto me permitía mi bolsillo, sin demasiados problemas, aun cuando ya comenzaba a tener temblores durante las mañanas. No perdí más que un medio día de trabajo en esos tres años.

Mi próxima decisión fue emprender estudios de medicina; me inscribí entonces en una de las más grandes universidades del país. Allí comencé a beber con más ahínco del que había demostrado antes. Por mi capacidad de beber enormes cantidades de cerveza, fui electo miembro de una sociedad de bebedores y rápidamente me convertí en uno de los líderes del grupo. Más de una mañana, camino del aula, decidía regresar a casa pese a estar preparado, espantado con la idea de que mis temblores llamaran la atención si me pedían participar en clase.

Las cosas fueron de mal en peor hasta la primavera de mi segundo año. Después de un largo período de bebida me dije que podría terminar mis estudios. Empecé a hacer maletas para irme hacia el sur y a pasar ahí un mes en un gran finca de un amigo. Cuando comencé a ver más claro, me dije que mi decisión de abandonar mis estudios había sido muy tonta y que era mejor regresar. Al volver a la universidad descubrí que la facultad tenía un punto de vista diferente al mío. Después de muchas discusiones se me permitió presentarme a los exámenes, que pasé aceptablemente. Mas los miembros de la dirección estaban disgustados y me dijeron que la pasarían bien sin mi presencia. Después de muchas y penosas discusiones, finalmente me dieron el certificado que demostraba que había pasado los exámenes y emigré a una de las otras principales universidades del país, donde entré en aquel otoño como junior" a tercer año.

En esta nueva universidad bebí aun más que antes, hasta que mis compañeros de la casa donde yo vivía juzgaron imperioso hacer venir a mi padre. Éste hizo un largo viaje, mas fue en vano que él intentara corregirme. Su intervención tuvo poco éxito, ya que seguí bebiendo; consumía aun más bebidas fuertes que antes.

Exactamente antes de los exámenes de mi último año me lancé a un parranda particularmente grave. En cuanto llegué al salón de exámenes, mi mano temblaba tanto que era incapaz de asir el lápiz. Entregué tres hojas en blanco. De inmediato se me pidió ir a la Dirección y el resultado fue que debía volver a hacer dos semestres y permanecer absolutamente sobrio, si es que quería graduarme. Lo hice y me comporté de tal modo que pude satisfacer a la facultad tanto en conducta como en estudios.

Me comporté tan bien en ese tiempo que pude conseguir un puesto muy codiciado como interno en una ciudad del oeste. Durante los dos años que pasé ahí tuve tanto trabajo que casi no abandoné el hospital. No podía meterme en problemas.

Después de estos dos años de internado, abrí un consultorio en el centro de la ciudad. Tenía algo de dinero, mucho tiempo libre y graves problemas en el estómago. Pronto descubrí que algunas copas atenuaban mis dolores gástricos, por lo menos durante algunas horas; así, no tuve problema para regresar a mi consumo excesivo de otros tiempos.

Comencé entonces a tener graves problemas de salud. Con la esperanza de encontrar algún alivio a mis males, ingresé por mi mismo cuando menos una docena de veces en uno de los sanatorios locales. Me encontraba ahora entre Escila y Caribdis, porque si no bebía, el estómago me torturaba y si bebía eran los nervios que me torturaban. Después de estos tres años de tormento, ingresé al hospital donde ellos trataron de ayudarme, pero yo lograba que mis amigos me contrabandearan alcohol hasta ahí, o bien, yo lo robaba dentro del establecimiento; mi estado se agravaba rápidamente.

Finalmente, mi padre hizo que me visitara un médico de mi ciudad natal, el que hizo que me regresara a casa. Estuve en cama cerca de dos meses antes de poder salir. Estuve ahí aun unos meses antes de retomar mi práctica médica. Creo haberme espantado terriblemente de aquello que me había acaecido, o de las advertencias del médico, o ambas cosas; el caso es que no toqué más una copa hasta la época en que entró en vigor la prohibición.

Cuando fue votada la prohibición, me sentí seguro. Sabía que todos comprarían unas pocas botellas o algunas cajas de licor, según sus recursos, y que todo aquello sería consumido muy pronto. Así no podía entonces hacerme mucho daño si bebía un poco. En ese momento, yo no sabía que el gobierno permitía a los médicos procurarse alcohol en cantidad casi ilimitada. Jamás había oído hablar de los traficantes de alcohol que muy pronto hicieron su aparición. Al principio, bebía moderadamente, pero me faltó relativamente poco tiempo para deslizarme entonces a los viejos hábitos, en los cuales las consecuencias habían sido tan desastrosas para mí.

Durante los pocos años que siguieron, vi crecer en mí dos fobias: El miedo a no dormir y el miedo de que me faltara alcohol. Como no era yo rico, sabía que no debía beber en ciertas circunstancias si yo querría ganar el suficiente dinero para que no me faltara alcohol. Entonces, la mayor de las veces, no tomaba la copa de la mañana, que tanta falta me hacía, y la remplazaba por sedantes para calmar los temblores que me angustiaban. A veces no podía yo evitar sucumbir a beber por las mañanas pero, en este caso, quedaba yo en condiciones de trabajar sólo unas pocas horas. Eso reducía mis posibilidades de conseguir alcohol en casa, lo que significaba que pasaría la noche en vela en mi cama y volver a padecer los intolerables temblores la mañana siguiente. Durante los quince años que siguieron, tuve el buen sentido de no asistir al hospital después de haber bebido y no recibía mas que raramente a pacientes en mi consultorio, si es que ya había bebido alcohol. Algunas veces me refugiaba en uno de los clubes de los que era miembro y, a veces, me aislaba en un hotel donde me registraba bajo un nombre falso. Mis amigos podían frecuentemente encontrarme y yo aceptaba que me llevasen a la casa, si me prometían que no me iban a sermonear.

Si mi mujer proyectaba abstenerse por las tardes, me procuraba mucho alcohol, el cual escondía por todos lados: en el depósito de carbón, en el cesto de la ropa sucia, sobre los marcos fijos de las puertas, sobre las vigas del sótano, bajo las duelas del piso. Me servían también de escondite los baúles viejos y los cofres, los contenedores viejos y las cenizas de la estufa. Si no me serví de las cajas de agua de los retretes fue porque pensé que este escondite iba a ser demasiado evidente. Más tarde descubrí que mi mujer lo inspeccionaba a menudo. Ponía yo una botella de ocho o doce onzas en guantes de lana y lo lanzaba hacia el vestíbulo posterior cuando los días de invierno estaban lo suficientemente oscuros. Mi contrabandista tenía escondido alcohol en los escalones posteriores a los que yo acudía a mi voluntad. Algunas veces lo traía en mis bolsillos, pero estos eran inspeccionados y era muy riesgoso. También lo colocaba en botellas de cuatro onzas en el resorte de mis calcetines. Esto funcionó bien hasta que un día mi mujer y yo fuimos a ver a Wallace Beery en Tugboat Annie", pues el filme había revelado el truco de los calcetines.

No perderé tiempo en relatarles todas mis experiencias en hechos de hospitales o psiquiátricos.

Durante ese tiempo nuestros amigos nos evitaban. Ya no éramos invitados a sus casas, pues era seguro que yo me embriagara. Por la misma razón, mi mujer ya no se atrevía a invitarlos. Mi miedo al insomnio exigía que yo me emborrachara todas las noches. Para tener alcohol en la noche, yo tenía que estar sin beber durante el día, al menos hasta las cuatro de la tarde. Esta rutina duró 17 años casi sin interrupción. Esta era realmente una horrible pesadilla: Ganar dinero, comprar alcohol, llevar el alcohol a escondidas a la casa, emborracharme, temblar en las mañanas, tomar sedantes para poder trabajar y ganar dinero y retomar eternamente este círculo vicioso. Prometía yo a mi esposa, a mis amigos, a mis hijos ya no beber, pero no obstante lo sincero que había sido al prometer, rara vez podía yo mantenerme abstemio hasta la noche.

En el interés de aquellos que gusten de los experimentos, voy a decir unas palabras de lo que llamo la experimento de la cerveza. Una vez que esta bebida regresó al mercado, me creí salvado. Podría beber tanto como quisiera. Esto no tenía peligro, pues ninguna persona jamás se embriagó al beber cerveza. Entonces llené la bodega de cerveza, con el permiso de mi buena esposa. Muy pronto, bebía yo cuando menos una cada y media de cerveza al día. Subí trece kilogramos de peso en alrededor de dos meses; parecía un puerco y tenía dificultades para respirar. También me vendí la idea de que el olor de la cerveza disfrazaba cualquier otro aroma a alcohol; me puse a reforzar la cerveza con alcohol puro. Obviamente, el resultado fue desastroso y marcó el fin de mi experimento con la cerveza.

Por esa época más o menos, me encontré en el seno de un grupo de personas que me atraían por su impresión de calma, de salud y de dicha que proyectaban. Hablaban con libertad, sin embarazo, cosa que yo jamás llegué a hacer, y parecían estar a gusto en cualesquier circunstancia y en plena salud. Mas ahora parecían ser muy felices. Por mi parte, yo estaba ensimismado y me sentía incómodo la mayor parte del tiempo, mi salud estaba a punto del colapso y era profundamente desdichado. Sentía que esas personas tenían algo que me faltaba y que me sería de un gran socorro. Aprendí que se trataba de algo de carácter espiritual y eso no me atraía mucho, pero pensaba que tampoco podría hacerme daño alguno. Pensé mucho en eso a lo largo de los dos años y medio que siguieron, pero aun continuaba emborrachándome todas las noches. Leí todo aquello que pude encontrar y hablaba con cualquiera que pudiese saber algo.

Mi mujer tomó un profundo interés en esto y fue el de ella que sostuvo al mío, aunque nunca hubiese supuesto que hubiera podido constituir una respuesta a mi problema de beber. No sabré jamás como mi mujer habría podido conservar su fe y su coraje durante todos esos años, pero de hecho los conservó. Si así no hubiese sido, es seguro que yo estaría muerto desde un largo tiempo atrás. No sé como, nosotros los alcohólicos parece que poseemos el don de descubrir a las mejores mujeres del mundo. Porque ellas deben sufrir las torturas que les infligimos. Es una cosa que no llego a explicarme.

En torno a esta época, una señora llamó a mi mujer un sábado por la noche, diciéndole que deseaba que yo fuese con ella para encontrarme con un amigo suyo el cual quizás podría ayudarme. Era la víspera del Día de las Madres y yo había vuelto a casa ebrio, llevando una enorme planta en un florero que puse bajo la mesa e inmediatamente después salí de esa estancia y me fui a mi lecho. Al día siguiente la señora llamó de nuevo. Queriendo ser educado, aunque me sentía muy mal le dije: «Está bien, vamos» pero le arranqué a mi mujer la promesa que no permaneceríamos más de un cuarto de hora.

Entramos en aquella casa a las cinco exactas y era las once y cuarto cuando salimos a la calle. Tuvo sucesivamente dos breves conversaciones con ese hombre, después bruscamente cesé de beber. Este período de abstención duró cerca de tres semanas; después recaí en Atlantic City por participar en un congreso que había durado varios días, de una sociedad nacional de la cual era yo miembro. Bebí todo el whisky que había arriba del tren y compré varias botellas para llevarlas a mi hotel. Era un domingo. Esa noche me emborraché, pero permanecí sobrio el lunes después de la cena y entonces comencé a emborracharme. Bebí todo aquello que pude encontrar en el bar y después salí hacía mi cuarto para proseguir. El martes comencé a fines de la mañana y al mediodía estaba ya en un estado deplorable. No queriendo perder la cara del todo, pagué la cuenta y dejé el hotel. Compré licor en el camino a la estación. Debía esperar mucho tiempo al tren. Después de eso ya no recuerdo nada hasta el momento en que me despertaba en la casa de un amigo en una ciudad no lejana a mi hogar. Estas buenas personas avisaron a mi mujer quien mandó a mi nuevo amigo por mí. Vino él y me llevó a casa, me hizo que me metiera en la cama, me dio algo de beber aquella noche y una botella de cerveza a la mañana siguiente.

Era el 10 de junio de 1935 y fue esta la última copa. Al momento en que escribo esto han pasado cuatro años desde aquel día.

La pregunta que naturalmente podía surgir en vuestra mente es esta: «¿Qué diferencia está tras aquello que ese hombre dijo o hizo y aquello que otros os habían dicho o hecho?» Es necesario recordar que yo había leído mucho y hablado con todos aquellos que sabían o creían saber algo en materia de alcoholismo. Pero esta vez me encontraba frente a un hombre que vivió los largos años la espantosa experiencia de beber, que había conocido todas las experiencias por las cuales pasa el bebedor pero que habían sido curadas con los mismos medios que yo había tratado de usar, esto es con los principios

espirituales. El me dio información sobre el alcoholismo que me fue ciertamente útil. Pero bastante más importante fue el hecho que él fue el primer ser humano con el cual hubiese yo hablado, que sabía por experiencia personal aquello que decía cuando hablaba de alcoholismo. En otras palabras, él hablaba mi mismo idioma. El conocía todas las respuestas y ciertamente no por haberlas leído en alguna parte.

Es un maravilloso don, inmensamente grande, ese de haberme liberado de la terrible maldición que me había condenado toda la vida. Mi salud es ahora buena y yo he vuelto a encontrar el respeto de los míos y el respeto de mis colegas. Mi vida familiar es ideal y mis negocios van bien por cuanto es posible en estos tiempos inciertos.

Paso gran parte de mi tiempo transmitiendo eso que he aprendido a los que lo deseen y que tengan una gran necesidad.

Lo hago por cuatro motivos:

1. Por un sentido del deber.

2. Porque es para mí un placer.

3. Porque al hacerlo así pago mi deuda de gratitud hacia quien gastó su tiempo para transmitirme su mensaje.

4. Porque cada vez que lo hago me aseguro una mayor garantía contra una posible recaída.

Diversamente de la mayor parte de nuestros miembros, yo no pude liberarme del deseo obsesivo del alcohol durante los primeros dos años y medio de abstinencia. Me acompañó casi siempre. Mas nunca estuve en el punto de ceder. Me sentía terriblemente infeliz cuando veía a mis amigos beber y saber que yo no podía hacer lo mismo. Pero pude llegar a convencerme que una vez tuve el mismo privilegio, mas abusé de él tan terriblemente que el mismo me fue arrebatado. Por eso no tengo razón en lloriquear por esto, ya que, después de todo, nadie tuvo que atarme para vaciar en mi garganta el alcohol.

Si usted piensa ser un ateo, un agnóstico, un escéptico o si tiene una especie de orgullo intelectual que le impida aceptar lo que este libro contiene, lo lamento por usted. Si aun piensa el ser lo suficientemente fuerte para vencer solo la partida, eso es asunto vuestro. Pero si realmente y sinceramente siente tener necesidad de una ayuda, creemos tener una respuesta para usted. Ella no falla nunca, si usted pone la mitad del celo que ha mostrado sólidamente cuando se trata de procurarse otra copa.
¡Vuestro Padre Celestial jamás os abandonará!

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