Estudios recientes han demostrado que aquellas personas por las cuales se reza se recuperan antes o consiguen salir de una situación difícil con mayor facilidad que aquellas por las que no se reza. Desde este humilde blog queremos aportar nuestro granito de arena y unir nuestra oración a la de todos aquellos que lo pidan. Podeis enviar vuestras peticiones a mtgaliana@hotmail.com. Gracias. Maite Galiana

LIBRO GRANDE DE ALCOHÓLICOS ANÓNIMOS. CAPÍTULO 3. EL ALCOHOLISMO.

La mayoría de nosotros rechazaba admitir que éramos verdaderos alcohólicos. En efecto, no es agradable para nadie pensar que mentalmente y físicamente se es diferente a los demás. No es entonces de extrañar que nuestras vidas de bebedores hayan estado marcadas por innumerables e inútiles tentativas para demostrar que podíamos
beber como todo el mundo. Ésta es la gran obsesión de todo bebedor anormal : la idea de que algún día — y él no sabe cómo — llegará a beber razonablemente y a encontrar placer al hacerlo. Es asombroso constatar hasta qué punto puede persistir esta ilusión. Son muchos los que se aferraron a ella hasta las puertas de la locura o de la muerte.
Aprendimos a aceptar, hasta lo más profundo de nuestro ser, que éramos alcohólicos. Éste era el primer paso a tomar si queríamos liberarnos. La ilusión de que somos como los demás — o que algun día lo llegaremos a ser — debe disiparse de inmediato.
Nosotros, hombres y mujeres alcohólicos, hemos perdido la
facultad de controlarnos ante el alcohol. Sabemos que un alcohólico verdadero jamás encuentra este control. Claro que sí, todos nosotros tuvimos, en un momento determinado, la impresión de que nos reponíamos. Pero estos respiros, generalmente cortos, eran seguidos por una impotencia todavía más grande que traía un abatimiento lastimoso e incomprensible. Estamos convencidos de que los alcohólicos de nuestra categoría somos presa de una enfermedad progresiva. A la larga, nuestro estado se agrava sin cesar, jamás se mejora.
El alcohólico es como el inválido que no tiene ya piernas: jamás las va a recuperar. No parece existir ningún tratamiento capaz de transformar en seres normales a los alcohólicos como nosotros. Hemos probado todos los remedios posibles, y a veces algunos nos han dado un momento de respiro. Mas siempre les seguía la aparición de un estado aun más grave que los anteriores. Los médicos que conocen el alcoholismo están de acuerdo en que es imposible para un alcohólico convertirse en un bebedor normal. Quizás algún día la ciencia aporte tal remedio, pero hasta ahora esto no es posible. A pesar de lo que podamos decir, numerosos son los verdaderos alcohólicos que no creen pertenecer a esta categoría. Ellos se dejan llevar por una esperanza engañosa y tratan por todos los medios de demostrarse que son las excepciones a la regla y que son, por consiguiente, bebedores normales. Estamos dispuestos a quitarnos el sombrero ante la persona que, habiendo demostrado una sola vez que era incapaz de controlar el alcohol, pudiese posteriormente consumirlo de manera normal. Sólo Dios sabe los numerosos y pacientes esfuerzos que hemos hecho por intentar beber ¡como todo el mundo !
He aquí algunos de los métodos que intentamos: Beber solamente cerveza; limitar el numero de copas; nunca beber solos; nunca beber por las mañanas; beber solamente en nuestra casa; no tener alcohol en casa; no beber durante las horas de trabajo; beber solamente en compromisos sociales; cambiar de whisky a brandy; beber solamente vino; estar de acuerdo en presentar nuestra renuncia si llegábamos a
emborracharnos en el trabajo; salir de viaje; dejar de salir de viaje; jurar o simplemente prometer que no volveríamos a beber; hacer más ejercicio físico; leer obras literarias adecuadas para encontrar motivación; pasar algún tiempo en una finca de reposo en el campo o en alguna clínica; estar de acuerdo en recibir tratamiento psiquiátrico. La lista podría aumentarse hasta el infinito.
No nos gusta declarar que una persona es alcohólica; usted mismo puede elaborar su propio diagnóstico: Entre al bar más cercano y vea si puede beber razonablemente.
Asimismo, ensaye beber y detenerse súbitamente. Repita el
experimento varias veces. Pronto sabrá a qué atenerse si es honesto consigo mismo. Quizás valga la pena arriesgarse a padecer un brutal acceso de temblores, con tal de saber con seguridad cuál es nuestro estado.
Aunque no estemos en condiciones de comprobarlo, creemos
que la mayoría de nosotros habríamos podido poner fin a nuestro mal hábito desde el principio. Sin embargo, pocos alcohólicos desean verdaderamente dejar de beber cuando aún es tiempo. Hemos tomado algunos casos de individuos que, a pesar de la manifestación indudable de todos los signos de alcoholismo, tuvieron éxito al no beber durante mucho tiempo gracias a un poderoso deseo de dejar de hacerlo. Les
damos aquí un ejemplo: Un hombre de treinta años se emborrachaba mucho y muy seguido. Por las mañanas se sentía excesivamente nervioso e intentaba calmarse bebiendo otra vez alcohol. Además deseaba ardientemente triunfar en los negocios, pero se daba cuenta de que no lograría nada bueno mientras hiciera contacto con el alcohol, pues, una vez que empezaba a beber, ya no podía detenerse. Tomó entonces la decisión de no tomar ni una sola gota de alcohol hasta que hubiese triunfado en la vida y viviera retirado de los negocios. Con una fuerza excepcional, este hombre permaneció perfectamente abstemio durante veinticinco años y, después de haber triunfado en el mundo de los negocios, se retiró a los cincuenta y cinco. Como casi todos los alcohólicos, cometió el error de creer que, en razón de su larga abstinencia y de su disciplina personal, podría beber como los demás.
Se puso sus pantuflas y abrió una botella. Dos meses más tarde llegó a un hospital confundido y humillado. Durante algún tiempo hizo esfuerzos para regular su modo de beber, al tiempo que se internaba varias veces en el hospital. Poco después, reuniendo todo el coraje de que era capaz, intentó cesar de beber completamente, sólo para descubrir que no podía. Sin fijarse en gastos, consiguió todos los medios posibles para combatir su hábito; pero todas sus tentativas
fracasaron. De complexión robusta en su retiro, su físico decayó gravemente y murió cuatro años más tarde.
Hay en esta historia una lección importante. La mayoría de
nosotros creímos que, no bebiendo durante un buen tiempo,
podríamos enseguida beber normalmente. Pero aquí está un hombre que, a los cincuenta y cinco años, se encontraba en el punto exacto en que estaba a los treinta. Vimos demostrada una vez más esta verdad: Una vez alcohólico, alcohólico para siempre. Cuando, después de un período de abstinencia, regresamos al alcohol, estamos en el mismo estado grave que antes. Si queremos renunciar a beber, debemos hacerlo sin ninguna reserva, sin acariciar la sutil esperanza de estar algún día inmunizados contra el alcohol.
Quienes son jóvenes pueden llegar a creer, a partir de la
experiencia de este hombre, que pueden detenerse, como él lo hizo, por medio de la sola voluntad. Dudamos mucho que puedan tener éxito, ya que no lo desean firmemente. A causa de la particular deformación mental del alcohólico, ninguno tendrá éxito. Un gran número de miembros de nuestra agrupación, personas de treinta años o menos, habían bebido sólo durante unos pocos años; sin embargo, se encontraron tan desprotegidos como aquéllos que habían bebido
durante veinte años.
No es necesario haber bebido mucho tiempo ni haber ingerido
las mismas cantidades de alcohol que nosotros para estar gravemente afectado. Esto es particularmente cierto para las mujeres. Las mujeres del tipo alcohólico son a menudo atacadas por la enfermedad de manera súbita y llegan al punto de no retorno en pocos años. Ciertos bebedores, que se sentirían insultados por ser considerados como
alcohólicos, se asombran de su incapacidad para cesar su consumo de alcohol. Nosotros, que estamos familiarizados con los síntomas de esta enfermedad, encontramos que entre los jóvenes hay un gran número de alcohólicos potenciales, por donde quiera que los observemos. Pero... ¡trate usted de que ellos se den cuenta! Al lanzar una mirada al pasado, nos parece que seguimos bebiendo mucho tiempo después de que pasamos el punto donde pudimos parar sólo con nuestra voluntad. A aquél que se pregunte si ya franqueó ese límite, nosotros le sugerimos que ensaye abstenerse de alcohol durante un año. Si es un alcohólico verdadero y su alcoholismo está muy avanzado, tiene pocas probabilidades de tener éxito. En los primeros tiempos en que empezamos a beber, todas las veces teníamos éxito en no beber alcohol por un año o más; después nos convertimos en bebedores crónicos. Aunque, si una persona puede dejar de beber por un corto tiempo, puede ser ya un alcohólico potencial. Estamos convencidos de que será poco probable que aquéllos a quienes les interese este libro puedan dejar de beber durante un año. Algunos de ellos estarán ebrios al día siguiente de que tomen esa resolución; la mayoría beberá en las siguientes semanas. Aquéllos que son incapaces de beber moderadamente, se preguntarán cómo podrían dejar de hacerlo completamente. Damos por descontado, desde luego, que el lector desea dejar de beber. Para saber si alguien puede hacerlo sin una ayuda espiritual, es necesario saber hasta qué punto ha perdido la capacidad de elegir si va a continuar o no bebiendo. Fuimos muchos los que pensábamos que teníamos la fuerza de carácter necesaria para poder hacerlo. Sentíamos la necesidad absoluta de renunciar al alcohol para siempre. Y, sin embargo, nos fue imposible hacerlo. El alcoholismo, ahora lo sabemos, posee esta característica desconcertante, tal como la conocemos nosotros: no se le puede dejar, no importa lo grande de lamnecesidad o el deseo.
Entonces, ¿qué debemos hacer para ayudar a nuestros lectores a determinar por sí solos, y por su propio interés, si son de los nuestros?
El tratar de renunciar al alcohol durante un cierto tiempo es útil; sin embargo, creemos tener un medio mejor para ayudar a aquéllos que sufren de alcoholismo y, quizá también, a los médicos. Por esto vamos a describir algunos de los estados mentales que preceden a una recaída, pues es evidente que es ahí donde está el fondo del problema.
¿Qué pasa en la cabeza de un alcohólico que repite y repite la
experiencia fatal de la primera copa? Sus amigos que
intentaron hacerlo razonar después de una borrachera que lo ha llevado casi al borde del divorcio o de la quiebra, se quedan siempre desconcertados al verlo tomar de nuevo el camino al bar. ¿Qué hace? ¿En qué piensa? Nuestro primer ejemplo es el de un hombre al que llamaremos Jim. Además de tener una esposa y unos hijos encantadores, Jim heredó una exitosa concesionaria de automóviles y su pasado — como soldado de la Primera Guerra Mundial — es de lo mejor. Tiene
éxito en las ventas. Goza de la estima de todos. Hasta donde se le puede juzgar, es un hombre inteligente, pero de carácter nervioso. Estuvo abstemio hasta la edad de treinta y cinco años. Al paso de pocos años, sus excesos de alcohol lo hicieron violento hasta el punto que se le tuvo que internar. A su salida del psiquiátrico, se puso en contacto con nosotros.
Le participamos lo que sabíamos del alcoholismo y de la solución que habíamos encontrado. Él decidió intentar. Se volvió a unir a su familia y obtuvo un puesto de vendedor en la empresa que él había perdido a causa del alcohol. Todo marchó bien por un cierto tiempo; sin embargo, él no hizo nada por enriquecer su vida espiritual. Con todo su asombro, se emborrachó seis veces en poco tiempo. Después de cada una de estas recaídas, nosotros trabajábamos con él, tratando
de investigar qué había ocurrido. Reconoció que realmente era alcohólico y que su estado era grave. Sabía que lo esperaba otra curación en el hospital psiquiátrico, si hubiese continuado. Además, perdería a su familia, por la que sentía tanto afecto.
A pesar de todo, volvió a beber. Le pedimos que nos relatara
exactamente como habían ocurrido las cosas. He aquí su relato: „Me presenté a trabajar el martes por la mañana. Recuerdo que estaba en un estado de irritación debido a la idea de que no era más que un vendedor del negocio que antes me había pertenecido. Tuve una diferencia con el dueño, pero nada serio. Enseguida decidí visitar a uno de mis clientes que vivía en el campo y que quizás se interesaría en comprar un coche nuevo. Durante el trayecto, y debido a que
sentía hambre, me detuve en un restaurante donde también había un bar. No tenía ninguna intención de beber. Quería comer sólo un emparedado. Medité en que quizás podría encontrar ahí a algún otro cliente conocido, pues frecuentaba esta clase de lugares desde hacía varios años. Había ido a ese lugar por varios meses, desde que dejé de beber. Me senté en una mesa y pedí un emparedado y un vaso de leche. Hasta ese momento no llegó a mi mente la idea de beber. Pedí otro emparedado y decidí tomar otro vaso de leche.
Repentinamente me pasó por la cabeza la idea de que si le pusiera un dedal de whisky a mi leche, no me haría daño, ya que tenía el estómago lleno. Ordené el whisky y se lo añadí a la leche. Tuve la vaga idea de que no estaba siendo prudente, pero me tranquilizó el estar tomando el whisky con el estómago lleno. La cosa iba tan bien que ordené otro whisky, que naturalmente vacié en otro vaso de leche. Como me parecía que no me hacía mal, pedí otro.
Fue así como Jim tuvo que irse de nuevo al hospital. Aquí estaba la amenaza de internarlo, de perder su trabajo, su familia; y ya no digamos los sufrimientos morales y físicos que el alcohol siempre le causaba. Que estaba bien informado sobre su condición de alcohólico, lo estaba. No obstante, todas las razones que tenía para no beber fueron fácilmente descartadas con la idea insensata de que podría tomar whisky sin peligro, ¡nada más si lo mezclaba con leche!
Como quiera que se le llame, no importa. Para nosotros, éso es
locura, simple y llanamente. ¿Cómo podríamos llamar de otra manera a una falta de juicio tal, a una falta de pensamiento tal?Quizás crea usted que se trata de un caso extremo. Para nosotros es algo común, ya que esta manera de pensar ha sido característica en cada uno de nosotros. Hemos reflexionado acerca de estos hechos más de lo que Jim lo hizo. Pero nosotros éramos siempre las víctimas de un curioso fenómeno mental: paralelamente a nuestros argumentos sensatos, algunos pretextos tan aberrantes como ridículos se nos ponían enfrente para justificarnos al tomar la primera copa. Todos nuestros demás razonamientos no bastaban para parar de beber. Estas ideas insanas siempre triunfaban. Al día siguiente nos preguntábamos, con toda sinceridad y honestidad, cómo había podido suceder todo eso. En otras circunstancias, deliberadamente nos emborrachamos, creyendo estar justificados por los nervios, la cólera, la inquietud, la depresión, los celos o algún otro sentimiento de este género. Pero, aun en esta clase de inicio, debemos aceptar que a esta justificación le faltaba cualquier base razonable, desde el momento en que todo terminaba de ese modo. Nos dábamos cuenta ahora de que, aun cuando comenzábamos a beber deliberadamente, y no en forma fortuita, no habíamos reflexionado seriamente en las enormes consecuencias que iban a resultar.
Nuestra forma de comportarnos ante la primera copa es tan
absurda e incomprensible como la de aquél que acostumbra atravesar la calle cuando hay un tráfico incesante. Buscando emociones fuertes, le encanta esquivar a los coches. Y a pesar de las advertencias de sus amigos bien intencionados, se divierte con este jueguito durante años.
Hasta este punto, él pasa como un individuo loco con ideas muy extrañas sobre cómo divertirse. Pero un día la suerte lo abandona y se lastima ligeramente varias veces consecutivas. Una persona normal dejaría a un lado esta peligrosa manía. Pero ahí lo tenemos, atropellado nuevamente por un vehículo, mas esta vez le fracturaron el cráneo.
En el curso de la siguiente semana, al salir del hospital, un tranvía le rompe un brazo. Él le dice a usted que ha resuelto no volver a lanzarse jamás al arroyo de la calle, pero, al cabo de unas semanas, lo encontramos con las dos piernas fracturadas.
Y por años y años continúa comportándose así prometiendo
continuamente que será prudente y que ya no volverá a atravesar la calle. Finalmente, ya no puede volver a trabajar. Su esposa se divorcia de él y nuestro amigo se convierte en el hazmerreír de todos. Intenta todas las soluciones para quitar de su mente esta manía. Se hace internar en un hospital psiquiátrico, con la esperanza de salir curado.
Pero el día en que deja el hospital, se precipita contra un camión de bomberos que le rompe la columna. Es necesario estar loco para actuar de este modo, ¿no cree usted ? ¿Considera usted que este ejemplo es demasiado exagerado o casi ridículo? ¿Le parece así? Nosotros, que hemos pasado por duras pruebas, estamos obligados a admitir que se podría contar la misma historia, sustituyendo esta pasión por el peligro con el hábito de beber. La narración nos describiría exactamente. A pesar de todo lo expertos e inteligentes que podamos ser en otros campos, por lo que respecta al alcohol somos personas que nos comportamos verdaderamente como seres afectados por la locura. Es muy crudo hablar así, pero ¿no es cierto? Algunos de ustedes pensarán: “Sí, eso que nos dice es verdad, pero no se aplica enteramente a nuestro caso. Estamos de acuerdo en que presentamos algunos de esos síntomas, mas no hemos llegado a los extremos de ustedes y hay pocas probabilidades de que nos ocurra igual, pues luego de oír lo que se nos ha contado, hemos entendido muy bien el peligro de nuestra situación y no vamos a exponernos a
que esas cosas nos ocurran. El alcohol no nos ha hecho perder todo en la vida y, además, no tenemos la intención de llegar hasta ese punto. ¡Gracias por la información!”
Este razonamiento es válido para ciertas personas que no sean alcohólicas y que, aunque beban desordenadamente, pueden parar de beber o disminuir la cantidad de alcohol, debido a que sus mentes y su físico no se han dañado tanto como ha ocurrido con nosotros.
Pero el verdadero alcohólico, o aquél que está por serlo, sin excepción será absolutamente incapaz de cesar de beber por el simple hecho de que tenga un cierto conocimiento de sí mismo. Queremos insistir en este punto una y otra vez para que pueda entrar en la cabeza de nuestros lectores alcohólicos, ya que esta verdad la hemos aprendido pagando al precio de crueles experiencias. Pasemos ahora a otro caso.
Fred es socio de una importante firma de contadores públicos.
Sus ingresos son muy altos, posee una bella casa. Es feliz en su
matrimonio y sus hijos estudian una carrera prometedora en la universidad. Es una persona tan agradable que tiene amistades por doquier. Fred es el perfecto ejemplo del hombre de negocios que ha triunfado. Da la impresión de ser estable, bien equilibrado. Sin embargo, es alcohólico. Conocimos a Fred hace un año en el hospital donde se recuperaba de una crisis de convulsión alcohólica. Era la primera vez que le ocurría y se sentía muy avergonzado. Lejos, muy lejos de admitir que era un alcohólico, decía que había llegado al hospital para atenderse de agotamiento. El médico le hizo comprender en tono enérgico que su enfermedad era más grave de lo que él pensaba. Durante algunos días, esta noticia lo deprimió. Decidió renunciar completamente al alcohol. Jamás le llegó a su mente que, a pesar de su fuerza de carácter y su posición social, no lo podría lograr. Fred no sólo se rehusó a reconocer que era alcohólico, y hubiese estado aun menos dispuesto a aceptar una solución espiritual a su problema. Le expusimos lo que sabíamos sobre alcoholismo.
Interesándose, reconoció que presentaba algunos de los síntomas; pero estaba lejos de admitir que no iba a poder salir por sí solo. Estaba seguro de que después de aquella experiencia humillante y después de las nociones aprendidas al respecto, éstas bastarían para mantenerlo a salvo por el resto de sus días. El conocimiento de sí mismo resolvería su problema.
Por un cierto tiempo no tuvimos más noticias de Fred. Un día
nos enteramos de que había sido de nuevo hospitalizado. Esta vez padecía severas convulsiones y prontamente dio instrucciones de que necesitaba vernos. La historia que nos contó es una de las más instructivas, porque habla de un hombre convencido de que debía dejar el alcohol, que había dado pruebas de poseer un ingenio y una determinación extraordinarios en todos sus actos y que — no obstante
— estaba ahí, en una cama, postrado. Escuchemos su historia: “Me quedé muy impresionado por lo que ustedes me habían dicho del alcoholismo y creía sinceramente que era imposible que yo volviera a beber. Había tomado debida nota de sus advertencias en cuanto se refiere a la locura súbita que se apodera de la mente ante la primera copa; mas tenía la certeza, con todos los conocimientos adquiridos, que eso no me podría ocurrir. Me decía que mi caso era menos grave que el de ustedes; que tal como resolvía mis problemas personales, yo triunfaría ahí donde ustedes habían fracasado. Me parecía que tenía toda la razón en tener confianza y que bastaba tener voluntad y mantenerme alerta.”
Volví a mis negocios con aquel estado de ánimo y por un cierto tiempo todo funcionó bien. No tenía ningún problema para rechazar el alcohol, pero empecé a pensar que si no había exagerado la gravedad de mi caso. Un día tuve que ir a Washington para presentar una información contable a una oficina del gobierno. Tenía la oportunidad de viajar desde que había cesado de beber: entonces no había nada de nuevo para mí en ese viaje. Me sentía bien físicamente y no había
tenido problemas urgentes ni preocupaciones. Mi cita de negocios había sido todo un éxito. Estaba contento y pensaba que mis socios también lo estarían. Un día perfecto llegaba a su fin, no había nubes en el horizonte.
Fui a mi hotel y tranquilamente me cambié de ropa para la
cena. Cuando pasé el umbral del comedor me vino la idea de que podría acompañar mis alimentos con unos cuantos cocteles. Esto fue todo y nada más. Ordené entonces una bebida y mi cena. Después pedí que me trajeran otra copa. Después de la cena decidí ir a pasear. A mi regreso al hotel pensé que beber algo me haría bien antes de irme a la cama. Me dirigí al bar y tomé una copa. Recuerdo haber bebido varias más esa noche y muchas más la mañana siguiente. Tengo un recuerdo vago de haber estado a bordo de un avión con destino a Nueva York y de haber encontrado en el aeropuerto, ahí donde yo esperaba a mi esposa, a un chofer de taxi simpático. El chofer me acompañó en mis idas y venidas durante varios días. Me acuerdo muy poco de lo que dije o hice, o de esos lugares a los que fui. Después llegué a esta estancia en el hospital con sus terribles sufrimientos físicos y morales.
Una vez que estuve en condiciones de pensar, repasé cuidadosamente esa noche en Washington. No sólo no me había cuidado, sino que no resistí en absoluto beber esa primera copa. Esa vez no pensé en absoluto en las consecuencias. Bebí esa primera copa con desenvoltura, como si se tratase de un refresco de cola. Me acordé de inmediato de lo que mis amigos de A. A. me habían dicho. Me habían prevenido que si tenía el retorcimiento mental de un alcohólico, llegaría el día en que volvería a beber. Me habían dicho también que si estaba a la defensiva, algún día, bajo un banal pretexto, mis defensas iban a ceder. Y así fue. Eso fue exactamente lo que ocurría, una y otra vez, pues todo lo que yo había aprendido sobre el alcoholismo, no acudió a mi mente en esta ocasión. A partir de ese momento lo supe: mi mente es alcohólica. Me di cuenta de que la voluntad y el conocimiento de mí mismo no pueden prestarme ningún auxilio en esos momentos extraños de la vida mental. Nunca antes había podido comprender a las personas que decían que algún problema las había doblegado. Entonces sí que los comprendí. Fue
un duro golpe.
Recibí la visita de dos miembros de Alcohólicos Anónimos.
Sonriendo — algo que me molestó un poco — me preguntaron si me
reconocía como alcohólico y si en verdad esta vez me daba por48
vencido. Respondí que sí a ambas cosas. Me presentaron montañas
de evidencias que demostraban que el comportamiento alcohólico
que había tenido en Washington, era prácticamente incurable. Me
citaron, por docenas, casos similares al mío. Esta prueba acabó de
extinguir la última chispa de esperanza que me quedaba de salvarme
por mí mismo.
Después me expusieron la solución espiritual y el programa de
acción que había tenido éxito con una docena de ellos. Aunque yo no
practicaba mi religión, encontré sus principios intelectualmente fáciles
de asimilar. Pero el programa de vida, así como era de razonable, lo
encontraba muy drástico. Veía, por ejemplo, que debería lanzar por
la ventana tantas de mis creencias fundamentales de toda la vida. No
fue fácil. Sin embargo, a partir del momento en que tomé la decisión
de proseguir en este programa, tuve la extraña sensación de haberme
liberado de la condición de alcohólico en la que antes me había
encontrado. Los hechos lo iban a demostrar.
Igual de importante fue el descubrimiento de que los principios
espirituales iban a solucionar todos mis problemas. Desde entonces
se me ha enseñado a vivir según un modo de vida infinitamente más
satisfactorio y, así lo espero, más útil que aquél de antaño. Mi vieja
manera de vivir no era ciertamente mala en sí, pero yo no cambiaría
ciertamente los mejores instantes del ayer por los peores de mi vida
de hoy. No regresaría jamás; aunque pudiese hacerlo. 
El testimonio de Fred es abundante en comentarios. Esperamos
que su ejemplo servirá a miles de personas como él. Fred no había
sufrido más que los primeros embates de la enfermedad. La mayoría
de los alcohólicos esperan a estar agonizantes antes de hacer algo
para solucionar su problema.
Numerosos son los médicos y psiquíatras que comparten nuestras
ideas sobre el alcoholismo. Uno que está asociado a un hospital
conocido mundialmente, le dijo recientemente a algunos de nosotros:
En mi opinión, tienen ustedes razón cuando dicen que el alcohólico
medio está enfermo de un mal generalmente incurable. En cuanto a
ustedes dos, de quienes he escuchado su historia, no me queda ninguna
duda de que, de no ser por una ayuda divina, ustedes no tenían la
más leve esperanza. Si me hubiesen pedido tratarlos en mi hospital,49
no los habría admitido, si me hubiese sido posible hacer eso. Los
enfermos como ustedes son personas verdaderamente trágicas. Yo
no soy muy religioso, pero tengo un profundo respeto por su método,
el cual busca curar el espíritu en casos similares al suyo. En la mayoría
de los casos no existe otra solución.
Lo repetimos una vez más: El alcohólico, en ciertos periodos de
su existencia, no posee ninguna defensa mental contra la primera
copa. Salvo casos excepcionales, ni él ni ningún otro ser humano
puede proporcionarle los medios para defenderse. El auxilio debe
venir de un Poder Superior.

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